lunes, 16 de septiembre de 2013

Novelas en episodios se reactiva.

A partir el 2 de octubre de 2013, volveré a publicar en este blog.

domingo, 21 de octubre de 2012

martes, 2 de octubre de 2012

Gallito Ciego Novela. Trigésima Cuarta Entrada



VIII. El río y la sedienta.


Ya tengo 35 años. Desde que me separé de  Enrique   no tengo una relación más o menos estable. Creo que ya es hora que le ponga candado a la puerta del pasado y mire para adelante. Detesto sentir esa sensación de soledad cuando entro a mi departamento. Este tipo parece otra cosa. Distinto. Si todo sale mal por lo menos me quedará lo físico. Yo necesito sexo como combustible. Sentir que un hombre me penetra hasta lo más intimo de mi cuerpo. Enrique era espectacular. Otra vez recordándolo. Debo cerrar ese candado de un vez por todas. Me voy a poner de pie mientras marcho hacia la puerta de salida puedo mirar por las ventanillas polarizadas, si él me espera. Sí ahí esta sentado contra la vidriera de avenida Santa Fe tal cual me dijo. Voy a apretar el botón, así me bajo en la parada. Este calor que siento en mi cara. ¡Qué tonta soy!. Después de todo Alfredo es  un lindo tipo pero no es para tanto. No como Enrique. Otra vez. ¡qué cosa! Bueno ahora en la vereda por lo menos corre una pequeña brisa. Eso me refrescará un poco la cara. No me gusta ponerme colorada cuando me encuentro con un hombre. Pero casi siempre me pongo colorada. Desde chica.  Y a veces me da como ese temblor adentro, como una vibración. Bueno ya pasará. Recuerdo mi primer encuentro con aquel chico de la escuela. ¿Cómo se llamaba? ¿Augusto o Agustín? No ese era el amigo del que me gustaba a mí en realidad, pero claro él salió con Andrea. Era tan linda Andrea. No se como estará ahora hace tantos años que no la veo. Qué tráfico por Anchorena. El semáforo roto. ¡Qué milagro! Alberto se llamaba. ¡Alberto!  ¡Ese idiota casi me choca! Me va a dejar la cola chata. Y a los hombres lo que más les gusta es mi cola. Me gusta mover mi cola y imaginarme como la miran. Me hace sentir, no sé, especial. A los hombres lo que más les gusta es mi cola. Ingresé por la puerta de la ochava, Alfredo me sonríe. Sus dientes son perfectos. Siempre bien afeitado. Me molestan los hombres que me pinchan con su barba después me queda la cara toda irritada. Pero él siempre está muy prolijo. Afeitado y bien peinado. Tiene el pelo corto. Me gustan los hombres con el pelo un poco más largo y libre, pero él tiene el pelo corto. La camisa blanca le queda muy bien. Me acerco lo beso en la mejilla. Me gusta besar en la mejilla. No es cuestión de andar dando espectáculo. Para otro tipo de besos siempre hay tiempo.                                                                                              

sábado, 15 de septiembre de 2012

Gallito Ciego. Novela. Trigésimo Tercera Entrada

Gallito Ciego. Trigésimo Tercera Entrada

  Mentiras peligrosas.           ¡Tantas mentiras hemos sufrido los argentinos! Desde el mundial de mil novecientos setenta y ocho, la guerra de las Malvinas, hasta la orgía neoliberal de los noventa. Ésa que casi nos llevó a la guerra civil. Orgía que nos dejó una generación educada en el consumo y la idiotez. Ese primer mundo que no llegó a los asentamientos de emergencia. A las panzas vacías de nuestros chicos, hijos de la desocupación. Que esperaban con sus bocas abiertas el derrame de ésa copa que nunca derramó una gota de nada sobre el país. ¡Que derramó su riqueza en un grupo de nuevos ricos aventureros y corruptos! Que exanguinó a nuestro país.  País anémico y desigual en que elegimos a un presidente dormido. Por eso me repugna la mentira. La de los otros y la nuestra.  Por eso espero que por fin se confirme la identidad de ella. Es parte del camino para recuperar la de todos.

sábado, 11 de agosto de 2012

Gallito Ciego. Novela. Trigésimo segunda Entrada


VII El  gallito ciego.

Cuando bajé del taxi ingresé en el atrio del hospital. Miré al muchacho que se recostaba en el asiento de atrás y hablaba al taxista. El coche se alejó por Díaz Vélez. Extraje el celular de mi cartera y marqué el número de Horacio.
-Hola-escuché su voz que me sorprendió, por primera vez, después de tantos años.          -Hola-repitió un poco molesto.                                                                                          –Soy yo-le dije con un leve carraspeo.-¿vos que querés Horacio, que lo maten a ése boludo?-agregué  con brusquedad.- Creo que ya encontró la punta del ovillo, sacalo de ahí, ¡no seas hijo de puta!. Podemos emplear otros medios para seguir adelante.             –Sabés que no hay ningún otro medio, me extrañan tus escrúpulos. Nosotros no somos tontos, ellos tampoco. Necesitamos un gallito ciego que juegue esta partida por nosotros. No hay otra y lo sabés-me contestó con su voz áspera .                                                                                        –Sos un reverendo hijo de puta-le dije en susurros para que no me escucharan las personas que me rodeaban. Lo más probable es que pensaran que estaba discutiendo con algún ex marido.-Lo estás mandando al matadero. Ya lo encontró al oso, no lo dejes seguir metiendo la nariz. A mí nunca me gustó jugar al gallito ciego. No seas hijo de puta Horacio.                                                                                                                  –Te la hago corta-me dijo endureciendo aún  más su tono-Las cosas no son como antes. Ahora yo organizo este juego y listo. Sabés que no hay camino limpio.  Los nuestros son blanco fácil. Las fuerzas de seguridad no son confiables y no lo serán por muchos años.-se detuvo para respirar o para encender un cigarrillo- Así que está decidido. Yo de todas formas lo voy a llamar al pendejo y de alguna forma lo pondré en guardia.        –Ja , ¡lo pondrás en guardia! Que bien.-callé un instante indignada, las palabras se me detenían en la garganta- ¿Le vas a explicar contra quienes se tiene que poner en guardia? ¡Le vas a explicar cuanta sangre tienen en sus manos! Agradecé que las cosas no son como antes-le advertí veladamente- ¡Y vos que criticabas a la cúpula por sacrificar  números! Ahora tenés tu propia marioneta.                                                                                                          –Mi gallito ciego, yo no manejo los hilos. Y no te confundas, yo no aviso para que lo esperen.-me dijo y luego el biiip biiip  anunció el fin de la comunicación. El muy maldito me había cortado. Me arrepentí de haber desempeñado algún papel en ésta farsa.  Había muchos inocentes en riesgo. Más allá del beneficio que acarrearía  que lográramos desbaratar a esa sarta de dementes. Yo no creo una palabra en lo sobrenatural. Yo soy una mujer, que solo cree en las realidades tangibles, como una nueve milímetros en la nuca o un cable en la vagina. Recordé a Horacio en otras épocas, en otros lugares. Recordé el peso de su cuerpo sudoroso sobre mi vientre. Y pensé en aquello que no se bebe dos veces del mismo río. Guardé mi celular en la cartera. Miré a Jessica que me miraba seria a mi lado. Jessica, Jessica Isabel, a veces me parece que no tiene sentimientos. Como si hubiera sido mutilada. Y en cierta forma lo había sido. Le habían extirpado su infancia  y su adolescencia. Toda ella había sido extirpada. Cirugía radical. Transplante. Inicialmente se había negado a aceptar la verdad. Su verdadero origen. No es fácil despertar de un sueño para darse cuenta que la vigilia es una pesadilla. Que alguien nos borró, para convertirnos en nada. En una muñequita de carne y hueso.  Por eso Jessica estaba mutilada. La expresión de su emotividad había sido cancelada. Me tomó del brazo y juntas nos fuimos  hacia el ascensor.                                                                                                                             -¿Él no sabe  nada?-me preguntó.                                                                                      –No-le contesté-Él no sabe nada-y creí ver una sombra que veló sus ojos, para nuevamente desaparecer. Tan fugaz como había llegado. Las puertas metálicas se abrieron ante nosotros. Esperamos que desciendan sus ocupantes e ingresamos a la cabina. Nos dirigimos al departamento de genética. Era hora que por fin se confirmara la identidad de Jessica.  Me gustaba mucho su compañía.  Ella no había querido permanecer en la casa de sus apropiadores. Yo sabía que tenía sentimientos ambivalentes.  Pero nada lastima más que la mentira.  Una mentira mantenida a lo largo de años.  A lo largo de un proceso en el que fue necesario la demolición de muros sucesivos de engaños. Como una topadora que  ingresa en un laberinto.  Topadora alimentada con  perseverancia y amor.  Ella no recuperaría a su familia. Mucho tiempo hace que el monstruo demente de los años de plomo  la había devorado. Pero al menos recuperaría su identidad.  Recuperaría eso de mirarse al espejo y verse. Verse a ella misma y no a la muñequita inventada. No a aquella imagen mendaz que vio durante tantos años. Recuperaría también el orgullo de los suyos. De aquellos, que como yo, equivocados o no soñamos con un mundo mejor. Más justo.  Por eso cuando pienso en los procedimientos de este Horacio manipulador. De este nuevo Horacio. Me pregunto si no estaremos ensuciando nuestras manos con mentiras.  Mentiras peligrosas

domingo, 15 de julio de 2012

Gallito Ciego. Novela. Trigésimo Primera Entrada

Gallito Ciego. Trigésimo Primera Entrada



 Él no tenía la misma fe que yo en el maestro. No quiero decir que el chancho nos combatiera. No, para nada.  Él era solidario con nuestra causa, pero digamos moralmente. Yo por supuesto no podía revelarle mi papel central en todos los planes del maestro y de nuestra hermandad. Pero es lógico que seguramente luego se plegaría a nosotros, en el momento del segundo regreso. El regreso definitivo. El maestro me ungió a mí por mi fe.  Porque yo no me ando con chiquitas. Estábamos cerca del paso previo. Regresaríamos al que se llevó a su tumba la invocación secreta, la que él mismo  recitó a los pies de su agonía. Con ese secreto, con esa llave, triunfaríamos. Yo al chancho nunca le di tantos detalles, no podía revelarle mi papel central. Además tampoco supe como lo tomaría él, para él sus subordinados, siempre son subordinados. Así era el chancho. Además yo tenía un buen pasar el empleo que me dieron  como jefe del cementerio, tenía un buen sueldo. Era útil también a mis fines, como me aconsejó el maestro. Y algo tenía guardado, algunas propiedades y otras cositas que las manejaba con mi cuñado. Pero claro el chancho era una potencia, en una oportunidad nos invitó a cazar a  su estancia, o una de ellas quien sabe, ¡una mansión!  Nos atendieron a cuerpo de rey. Pero claro a los dos días el chancho tuvo que viajar de urgencia a Paraguay en una avioneta que salía de ahí mismo y nos llevó a la ruta a tomar el colectivo de nuevo a Buenos Aires. El chancho es así. Pero buen tipo. Claro que sea buen tipo no quiere decir que uno pueda confiarle todo. Cuando llegué a la ferretería estacioné mi megane en el playón al lado de uno de los camiones de reparto de materiales. Cerré con llave. Hoy la inseguridad es terrible. ¡Hay que poner orden carajo! Pensé. Cuando abrí la puerta de blindex polarizado pude verlo en una de las oficinas del fondo, caminé esquivando los distintos modelos de baños expuestos sobre tarimas, las pirámides de palas, los muestrarios de cerámicos, asomándome tras una torre de tachos  de esmalte sintético, le hice señas a un pendejo señalándole con el índice la puerta de la oficina y pasé tras el mostrador enorme. Cuando llegué a la puerta me detuve en el umbral y le dije:
-Comisario Guzmán, ¡como se nota que a usted le gustan los fierros!                                  
 Al principio me miró sorprendido sobre el marco de sus anteojos dorados y luego se puso de pie y me invitó a pasar. Me estrechó fuertemente la mano y me dijo.                       
-¡Osito hijo de puta! Que gusto me da verte.-En ése momento me di cuenta de los dos tipos que tenía a mis espaldas.-Vayan no más muchachos-dijo él-este hombre es un amigo, de los buenos tiempos.- los tipos se retiraron en silencio como habían llegado. Yo pensé que estaba perdiendo los reflejos. Primero me pega un pendejo de mierda y ahora me podrían haber amasijado y yo ni cuenta.                                                               
-¿Qué te pasó en la cabeza?-me dijo el chancho mientras me sentaba. Entonces le conté. Le conté como un hijo emancipado, mayor, le cuenta a su padre  sus vergüenzas. Él me escuchó callado.

miércoles, 4 de julio de 2012

Gallito Ciego. Novela. Trigésima Entrada

Gallito Ciego. Trigésima Entrada



VI  El Maestro Negro y el chancho
-Maestro permítame hacerlo por favor.-casi imploré. El otro permaneció callado, como si no me hubiera escuchado.-Maestro por favor-supliqué nuevamente. No obtuve  respuesta. Mi interlocutor  continuó en silencio leyendo un libro que tenía sobre su falda. La pequeña cabeza inclinada hacia abajo. Yo, el hombre, caminaba de un lado hacia otro de la habitación.-Se lo ruego-dije luego de un momento. El anciano levantó su cabeza  cubierta de cortos rizos casi blanca por completo y me miró con  sus ojos inyectados. Tomó el libro lo dejó en el suelo y se puso de pie.  Con las manos entrelazadas en su espalda caminó hacia mí y se detuvo a pocos centímetros de distancia.   -¿Para qué?-me preguntó con una voz suave. Yo, el hombre, bajé la cabeza y comencé a mover el tronco de un lado hacia el otro como un niño vergonzoso.-¿Para qué?-volvió a preguntar el anciano.-Necesito hacerlo maestro-contesté por fin-necesito saber que estamos cerca de lograrlo. Ansío saber que el momento está cerca. ¡Hace tanto que no las veo!-casi grité. El viejo levantó su mano derecha  a la altura de su cara con la palma hacia delante en un gesto tranquilizador.-Debes tener fe-me dijo y se dio vuelta dándome la espalda. Yo, el hombre, puse una mano suavemente sobre el hombro del viejo, éste giró sobre sus talones y me miró con el semblante transformado en una mueca de ira.-No me toques, sabes que no puedes tocarme-me dijo-Ya lo sé maestro, perdón-contesté arrepentido, bajando nuevamente la cabeza.-Está bien, ya está bien-musitó el viejo en forma casi inaudible, me miró se dio vuelta y con un gesto de su mano me invitó a seguirlo. Abrió una puerta de madera oscura y ambos ingresamos en un  largo pasillo en penumbras. Al final del mismo a través de otra puerta más pequeña descendimos por una escalera apenas iluminada hacia un sótano amplio y húmedo. El anciano se detuvo ante un mueble enorme que tenía solo una pequeña puerta. Me miró. Se retiró una llave que colgaba de su cuello y  la giró en una cerradura de doble paleta. La pesada puerta se abrió sin ruido alguno. A través de un cristal  y bajo una luz blanquecina, yo, el hombre, pude ver lo que quería. Solo por un instante. Luego el viejo cerró nuevamente la puerta del mueble y me dijo- Ahora vete, y no vuelvas si no te llamo- Hizo un gesto displicente, señalándome que me fuera, como el gesto que hace un padre a su hijo. Yo, el hombre,  me incliné en una especie de reverencia y subí rápidamente las escaleras alejándome. Ya en la vereda, yo, el oso Videla, decidí ir a visitar al Chancho Guzmán hacía mucho que no lo veía. Desde que se había retirado de la fuerza alrededor de 1982, se había instalado en el interior, creo que en Entre Ríos, en una estancia que había comprado en Nogoyá  o Villaguay. Pero hacía unas semanas que se encontraba en la ferretería de Gerli. El chancho siempre me avisaba de sus visitas. Nos juntábamos a recordar viejos tiempos. Los muchachos manejaban casi todo el negocio, eran duros como su padre. Pero el chancho no perdía la costumbre de supervisar todo. Él debía tener todo en un puño. Era su naturaleza de organización y mando.  Como en las viejas épocas. Por ahí me parecía que ya no le interesaba la política como antes. Como si su único interés fueran los negocios. La verdad que a juzgar por el BMW negro tan mal no le debía ir.