X La negra piensa.
miércoles, 23 de octubre de 2013
GallitoCiego.Novela.Cuadragésima Entrada
Continuamos con la historia, otro giro de tuerca...
Horacio me contó lo que le pasó al muchacho. No se si me contó todo. Es
un episodio por una parte muy confuso y por otra parte muy preocupante. Es sin
lugar a dudas un secuestro y una advertencia. Que te levanten en pleno centro
de la Capital parece increíble. Pero todo ocurrió así. Si Horacio me dice la
verdad. No se si Horacio me dice la verdad. Yo todavía estoy sorprendida con
ese asunto de Serra. El gusano de Serra. Un ser abyecto como es difícil
imaginar exista otro. Porque era Serra. Podría reconocerlo en cualquier lugar.
Hay rostros que no se olvidan. Nunca se olvidan. El odio como el amor no
olvida. Quien diga lo contrario miente.
En cualquier lugar yo podría reconocer a esa rata inmunda. Era él. Todo
lo otro para mí no tiene explicación. O por lo menos no tiene una explicación
racional. Puede tener otro tipo de explicaciones que me resisto a considerar.
Me confundió mucho todo ese asunto. Yo se que Horacio tiene otras motivaciones
más profundas, más personales podría decirse. El asunto ése de Maravilla. Creo
que él detesta pensar que podría haber estado en su lugar. Es una idea que se
niega a evaluar. Es un asunto muy personal efectivamente. Pero nada de eso
justifica lo que está haciendo con el muchacho. Su títere. Su carnada. No se
puede permitir que se inmiscuya más profundamente en toda ésta podredumbre.
Esos tipos son dementes. Y en más o en menos están relacionados con otros
dementes. A veces mucho más peligrosos que ellos porque no demuestran su
peligrosidad tan abiertamente. Hombres que se dedican a los negocios. Es como
si todo hubiera sufrido una metamorfosis. Como el propio Horacio. Romántico
idealista devenido en empresario que se conduce con chofer y pasea por Europa o
Miami. Pero que retiene en sí el germen del odio. Pues el odio no siempre es un
sentimiento negativo. Hay personas, instituciones, situaciones que son
merecedoras de soportarlo. Que deben ser perseguidas, que deben ser llevadas a
la justicia. Pues la magnitud del mal que ha anidado en sus actos, la
perversidad de sus conductas, justifican ése odio. Serra, Videla y tantos otros
son de esa subespecie de seres humanos. Casi subhumanos diría. Bestias. Bestias sanguinarias que asolaron el
país. Como otras bestias que asolan el mundo. Pero Horacio no cree en la
justicia, o por lo menos dice no hacerlo. ¡Y éste pendejo ignorante metido en semejante
berenjenal! Ignorante de los ríos de
sangre, de violencia, de pasiones que preceden a éstos días. No es lo mismo
haberlo leído, que haberlo vivido. Es como meterse en la guarida de un puma con
el puma dentro. A mi no me gusta la
actitud de Horacio. Pero no puedo hacer nada al respecto. O quizás sí . Tengo que pensarlo. Ese maldito
caminando por la calle, pocas horas antes que lo encontraran pudriéndose es
algo que no logro entender. Porque era él.
Ojalá tuviéramos más información genuina sobre las actividades de éstos
hijos de puta, para llegar al fondo de lo que traman. Para prescindir de éste
idiota, si es que no es demasiado tarde. Conozco las características de ellos.
Conozco su fanatismo. Se de su inclinación por creerse espadas de un Dios
tronante y autoritario. Del dios que castiga no del que perdona. De aquel que
manda sufrimientos y catástrofes. Plagas
y muerte. Del implacable. Y ellos, o algunos, los más peligrosos creen que
deben ser a su imagen y semejanza. Más aislados, más temerarios. Más acosados. más violentos. Probablemente
Horacio tenga razón y los autores de todo esto sean gente del chancho Guzmán y
no los de la Hermandad. Pero algún nexo entre ambos debe existir más allá de
que al chancho Guzmán lo tenemos bien encasillado y prontito terminará en algún
tribunal donde tendrá que rendir cuenta por sus fechorías. Pero el chancho, el comisario Guzmán, era un
ladrón. Lisa y llanamente un ladrón. Su ideología es el dinero. Incluso estuvo
trabajando para varios funcionarios del gobierno de la provincia hace algún
tiempo. Pero sin romperse la ropa. Al chancho nunca le preocupó realmente la
política. Tampoco la inseguridad por cierto. Solo los negocios. Puede ser que
sea su gente. Pero no me explico demasiado porque. Que relación pueda tener el
chancho con la hermandad, que se me pase por alto. Videla y Serra eran hombres
del tigre Cepeda. Ese hacía honor a su nombre un verdadero carnicero. Murió en
un accidente en la ruta 3 una lástima pues podría haber sido la llave para
abrir bien las actividades de su grupo uno de los más oscuros de aquellos años.
No conozco testigos que puedan certificar la participación de Serra o Videla.
Solo del tigre Cepeda y de otro un teniente de apellido Grinóvero que se
suicidó después de Malvinas . O lo suicidaron. Quien sabe. Por eso la gran
bronca de Horacio. Por eso su perseverancia. Por eso su interés en todo el
asunto de Serra y en llegar a tener más datos sobre la Hermandad. Siempre se
arrepiente de haberlo dejado escapar a Furno y sus historias disparatadas
lunes, 14 de octubre de 2013
Gallito Ciego Novela. Trigésimo Novena Entrada
La realidad es dura. Continuación
Asi continúa la historia...espero que los entretenga un poco.
-¿Te gusta jugar al
detective?-me dijo en tono suave. Y nuevamente sentí el arma en mi sien. Me
oriné. –Borrate hijo de mil putas-continuó como en un susurro.-La próxima vez
sos boleta-hizo una pausa-¿entendiste?-me dijo tan cerca mío que pude percibir
su aliento en mi oreja. El arma presionó mi piel a través de la bolsa. Luego
sentí un gran golpe en los tobillos y caí con el rostro sobre el pasto. Me
patearon varias veces mientras reían. Luego no recuerdo más. Desperté no se
cuando y las luces me cegaron. Traté de ubicarme y de recordar como había
llegado a ése lugar. Volví a cerrar los ojos. Sentía mi cuerpo dolorido desde
la cabeza hasta la punta de los pies. No se cuanto tiempo permanecí en ese
sopor. Esporádicamente algunas personas venían y me manipulaban. Me eran casi
indiferentes. Me perdía en ensoñaciones. Sentía las voces lejanas. Como amortiguadas por barreras de
algodón. Poco a poco comencé a
distinguir algunos rostros deformes, ondulantes que se me acercaban. Rostros
que parecían vistos a través de una lente o de una pecera. Un sujeto se me acercó y me preguntó sobre mi
nombre, domicilio, sobre que era lo que me había ocurrido. No se si le
contesté. Luego otro de vestimenta oscura, me volvió a repetir las preguntas.
Pero no podía encontrar las palabras. Nuevamente las ensoñaciones. Selene
esperándome en su casa. ¿Esperándome? ¿Cuándo? Bombos y encapuchados con
pancartas detrás de su diván. ¿Cómo es su nombre? ¿Qué le ocurrió? Nuevamente
las voces se alejan y Selene desdeñosa, encendiendo su cigarrillo y mirando su
reloj. Encerrado en un ascensor con
Videla que pasea un pequinés que me gruñe.
Que salta de sus brazos y me muerde la nariz. Selene y Videla se ríen y
entran en la cerrajería de calle Venezuela. Nuevamente manos que me manipulan
que se posan sobre mis hombros. Y me hundo, me hundo en una inconsciencia
blanda. Como una arena movediza que me cubre. A eso debe parecerse la nada.
Tres días estuve en el Hospital Fiorito. Cuando salí a la calle acompañado de
Riedel Liand el sol me molestó en los ojos y tuve que entrecerrarlos. La cabeza
me dolía horrores y el yeso de mi antebrazo derecho me pesaba, como si fuese de
hormigón. El chofer detuvo el coche
frente a mi edificio. El abogado me despidió con palabras de compromiso.
Recordándome que tenía que concurrir a la ART. Lo miré sin decir palabra
mientras extraía un parisienes del bolsillo de su saco y lo encendía en
silencio. Caminé hacia la puerta del edificio. El portero me miró sorprendido y
continuó lavando la vereda.
jueves, 10 de octubre de 2013
Gallito Ciego. Novela. Trigésimo Octava Entrada
Continuación de "La realidad es dura" así sigue esta historia.
Sentí las patadas en mis costillas en las piernas y los brazos. Estrujaron todos mis bolsillos. Por último uno de ellos me escupió el rostro antes de salir corriendo. Me quedé en el suelo atontado. La gente pasaba a mi lado indiferente. Un grupo de policías cruzados de brazos me miraba indiferente también. Poco a poco me puse de pie ante los empellones de la gente. Estaba mareado. Mi ropa sucia y desgarrada en dos o tres lados. Comencé a abrirme paso con dificultad. Cuando por fin llegué a la esquina un puñado de manifestantes increpaba a la policía que ahora se ocultaba tras sus escudos transparentes. Corrí a través del tránsito detenido de avenida Belgrano. Los bocinazos resonaban en mi cabeza con el poder de bombas de estruendo. Caí al chocar contra un Peugeot 206 azul , mi hombro se golpeó contra el cordón frente a la Fundación Favaloro. Alcancé a ver otro grupo que marchaba por Entre Ríos volví a la esquina de Solís y corrí como un enajenado hacia Venezuela. Cuando llegué a la esquina crucé la calle y me senté bajo las rejas de un estacionamiento descubierto. Los automovilistas hacían un batifondo similar al de los piqueteros. Algunos intentaban volver marcha atrás otros en cambio resignados se habían bajado de sus vehículos y apoyados sobre la capota insultaban en voz baja. Noté que tenía sangre en mi mano derecha. Todo el dorso de la misma era una gran excoriación , me dolía al respirar. Quizás tuviera una costilla quebrada. Empezaba a oscurecer cuando todo empezó a normalizarse con esfuerzo me puse de pie. Ahora maldije con toda mi alma mi condición de peatón. Caminé hasta la esquina lentamente. No tenía dinero para una taxi, no tenía celular . No tenía nada. Hasta mi amuleto había desaparecido. Evidentemente no eran ladrones profesionales, de lo contrario allí mismo me hubieran matado, confundiéndome con algún policía o agente encubierto. Pensé en algún lugar donde me permitieran realizar un llamado telefónico. De un pequeño bar me sacaron a empellones. Seguí caminando no del todo conciente de lo que hacía hasta que me encontré enfrente a la cerrajería. Las luces estaban encendidas y dos o tres personas que no alcanzaba a distinguir conversaban animadamente. Me decidí a cruzar en mitad de cuadra por lo que traté de concentrarme en el tránsito. La frenada me sobresaltó. El coche casi me arrolla. Coloqué mi antebrazo derecho a modo de visera para ver sobre los faros encendidos y la mano izquierda la apoyé sobre el capot caliente. No lo reconocí enseguida. El de la campera gris me tomó de un brazo. Su mano parecía una garra. Me condujo hasta la portezuela trasera del Siena que se abrió bruscamente. Traté de resistirme pero un golpe en la cabeza me hizo perder el sentido. Cuando me desperté, no sé cuanto tiempo después mis manos estaban atadas a mi espalda con un precinto plástico. La bolsa en mi cabeza apenas me permitía respirar, la condensación de mi respiración me empapaba el rostro. El auto parecía desplazarse a gran velocidad. De pronto se detuvo . Alguien que estaba a mi lado me tomó de la ropa para que me sentara. Sentí el cañón del arma en mi cabeza. Temí lo peor. Luego la puerta se abrió y otro seguramente el de la campera gris me tironeó hacia fuera.
Sentí las patadas en mis costillas en las piernas y los brazos. Estrujaron todos mis bolsillos. Por último uno de ellos me escupió el rostro antes de salir corriendo. Me quedé en el suelo atontado. La gente pasaba a mi lado indiferente. Un grupo de policías cruzados de brazos me miraba indiferente también. Poco a poco me puse de pie ante los empellones de la gente. Estaba mareado. Mi ropa sucia y desgarrada en dos o tres lados. Comencé a abrirme paso con dificultad. Cuando por fin llegué a la esquina un puñado de manifestantes increpaba a la policía que ahora se ocultaba tras sus escudos transparentes. Corrí a través del tránsito detenido de avenida Belgrano. Los bocinazos resonaban en mi cabeza con el poder de bombas de estruendo. Caí al chocar contra un Peugeot 206 azul , mi hombro se golpeó contra el cordón frente a la Fundación Favaloro. Alcancé a ver otro grupo que marchaba por Entre Ríos volví a la esquina de Solís y corrí como un enajenado hacia Venezuela. Cuando llegué a la esquina crucé la calle y me senté bajo las rejas de un estacionamiento descubierto. Los automovilistas hacían un batifondo similar al de los piqueteros. Algunos intentaban volver marcha atrás otros en cambio resignados se habían bajado de sus vehículos y apoyados sobre la capota insultaban en voz baja. Noté que tenía sangre en mi mano derecha. Todo el dorso de la misma era una gran excoriación , me dolía al respirar. Quizás tuviera una costilla quebrada. Empezaba a oscurecer cuando todo empezó a normalizarse con esfuerzo me puse de pie. Ahora maldije con toda mi alma mi condición de peatón. Caminé hasta la esquina lentamente. No tenía dinero para una taxi, no tenía celular . No tenía nada. Hasta mi amuleto había desaparecido. Evidentemente no eran ladrones profesionales, de lo contrario allí mismo me hubieran matado, confundiéndome con algún policía o agente encubierto. Pensé en algún lugar donde me permitieran realizar un llamado telefónico. De un pequeño bar me sacaron a empellones. Seguí caminando no del todo conciente de lo que hacía hasta que me encontré enfrente a la cerrajería. Las luces estaban encendidas y dos o tres personas que no alcanzaba a distinguir conversaban animadamente. Me decidí a cruzar en mitad de cuadra por lo que traté de concentrarme en el tránsito. La frenada me sobresaltó. El coche casi me arrolla. Coloqué mi antebrazo derecho a modo de visera para ver sobre los faros encendidos y la mano izquierda la apoyé sobre el capot caliente. No lo reconocí enseguida. El de la campera gris me tomó de un brazo. Su mano parecía una garra. Me condujo hasta la portezuela trasera del Siena que se abrió bruscamente. Traté de resistirme pero un golpe en la cabeza me hizo perder el sentido. Cuando me desperté, no sé cuanto tiempo después mis manos estaban atadas a mi espalda con un precinto plástico. La bolsa en mi cabeza apenas me permitía respirar, la condensación de mi respiración me empapaba el rostro. El auto parecía desplazarse a gran velocidad. De pronto se detuvo . Alguien que estaba a mi lado me tomó de la ropa para que me sentara. Sentí el cañón del arma en mi cabeza. Temí lo peor. Luego la puerta se abrió y otro seguramente el de la campera gris me tironeó hacia fuera.
martes, 8 de octubre de 2013
Gallito Ciego. Novela. Trigésimo Séptima Entrada
Continúo con Gallito Ciego. Empieza un nuevo capítulo de la hsitoria.
IX La realidad es dura.
Descendí en la esquina de
Venezuela y San José. Miré el frente de la parrilla Diablada que se levantaba cruzando la bocacalle, en
ocasiones había comido en ése lugar. Me agradaba. Quizás viniera con Selene. Crucé San José hacia la esquina
donde se encuentra la tratoria Campo di Fiore, que siempre me recuerda El Cofre
de Constantinopla o Constantina un libro que leí en mi adolescencia.
Caminé hacia Av. Entre Ríos a paso lento
a media cuadra de Virrey Cevallos me detuve frente a un local de unos
5 metros de frente. Con un cartel a manera de dintel adosado a la pared que anunciaba el nombre de
la cerrajería con el mismo tipo de letra que la tarjeta. Evidentemente lo
habían realizado en serie. Dentro, tras un largo escritorio celeste no se
observaba a nadie. Detrás de esto varias máquinas descansaban quietas. Sobre la
pared posterior un enorme tablero con miles de llaves colocadas ordenadamente.
Tomé el picaporte pero la
puerta estaba cerrada. Maldije dentro mío. Un pedacito de papel minúsculo
adherido al vidrio con cinta adhesiva transparente decía “vuelvo en 20
minutos”. Pensé que hacer. Me decidí a
emprender una pequeña caminata por el barrio. Luego del episodio de las
ancianas hacía un esfuerzo por dominar mi paranoia. Como me decía el profesor
Angelino no es posible descartar que yo
sea un delirante.
Me estaba adentrando en ese
submundo absurdo de las personas que ven cadáveres caminando, que ven
resurrectos concurrir a templos. Gente que como pequeña diversión tiene la
costumbre de comunicarnos que nos arrancarán las vísceras.
Pensé en Serra aquel falangista ambivalente. Rememoré el protocolo de su necropsia, las palabras de
Dr. Schumacher. Aquella ficha técnica que me dio Ortega antes de desaparecer,
como tragado por una ciénaga. Por un rato y sumergido en mis pensamiento
vagué por Av. Entre Ríos hasta el edificio del Congreso de la Nación, miré
distraído aquello que representaba la más pura expresión de la democracia, y de
las coimas, el negociado, la corrupción. De él salían inútiles asesores como lo
hacen las hormigas cuando con un palito rompemos su hormiguero en una plaza o parque. Algunos
debidamente estimulados, pueden transformarse luego en arrepentidos que
confiesan sus pecados a los gritos en cuanto medio de comunicación existe. Un
verdadero filón. Para un periodista encontrar dispuesto alguno de éstos
personajes por el motivo que sea. Resentimiento personal, subsidio de algún
grupo político o maniobra de organismo de inteligencia. Es como para el minero
encontrar un filón de oro, luego de muchos años. Una fuente interminable de artículos,
investigaciones y descubrimientos sorprendentes. En todo eso pensaba cuando
casi automáticamente comencé a caminar por Solís hacia avenida Belgrano. Por la
esquina veo avanzar un grupo de gente con pancartas rojas y amarillas con
distintas iniciales que los identifican. Indeciso entre regresar sobre mis
pasos o continuar por la vereda tratando de sortear el grupo que avanzaba
ocupando toda la calzada, me detengo un momento. Ya habían transcurrido
largamente los minutos del improvisado letrero de la puerta de la cerrajería.
Un largo rodeo me retrasaría probablemente más de lo deseado por lo que decidí
continuar mi camino. Las primeras avanzadas del piquete pasaron a mi izquierda
golpeando diversos instrumentos de percusión. Me acerqué a la pared lo más que
me fue posible para evitar que la marea humana me arrastrara en sentido
contrario. Sonaban las bocinas de los automovilistas en la esquina en lo que
parecía un concierto de vientos desafinados. Y malhumorados seguramente.
Agradecí mi condición de peatón. Continué con dificultad abriéndome paso entre
los grupos cada vez más densos que avanzaban
ocupando casi toda la vereda. Gritaban consignas anunciando el triunfo
del pueblo, que al parecer ellos conformaban con exclusividad. Me acomodé en el
umbral de un comercio que había cerrado sus puertas a causa de la movilización.
Me quedé lo más quieto posible. Observando. La gente pasó por un lapso de 20
minutos avanzando y deteniéndose en forma
espasmódica. Traté de no inquietarme.
Tres muchachos con gorra con visera y pañuelos estampados cubriéndole
casi todo el rostro me miraban a pocos metros del cordón de la vereda. No me
asusté era una práctica habitual en éste tipo de manifestaciones populares.
Miré hacia Belgrano para calcular cuanto tiempo tardaría en terminar todo esto
seguramente se dirigían al Congreso. Cuando me di cuenta los tenía encima , uno
de ellos me golpeó violentamente en el abdomen el otro me tomó detrás de cuello
y me empujó al piso
viernes, 4 de octubre de 2013
Gallito Ciego Novela. Trigésima Sexta Entrada.
Ahí, va la última parte de este capítulo .
El río y la sedienta (I) Finalización.
El río y la sedienta (I) Finalización.
–Después hablamos de eso- le dije temiendo que
comenzara con la historia del pobre viejito, solo y pobre. Ya dije que no me
gusta ser paño de lágrimas de nadie. Esa era entonces la cara de preocupación
que tenía cuando llegué. Me apuro a terminar mi café mientras le hago
comentarios ligeros y con doble sentido.
Él parece que se olvidó de la
historia del abuelito desvalido. Meno mal. Yo tengo en mente otras historias. Me inclino para decirle al oído lo mucho que
me gustaría estar a solas con él en un lugar tranquilo . Fijo mi mirada en las
arrugas de sus ojos y de su frente. En
ese cabello corto entrecano tan
varonil. Siento otra oleada de deseo. Como una ráfaga de viento que
reaviva la brasa de un incendio. Él paró
un taxi en la esquina y por avenida Santa Fe nos alejamos hasta su pequeño
departamento de calle Esmeralda. Me
acerco , coloco mi cabeza en su hombro. Con mi mano jugando sobre su pecho.
Toco la musculatura tensa bajo su camisa.
Lentamente mi mano desciende hasta percibir su erección bajo el
pantalón. Él ahora está tocando la piel de mi brazo derecho. Y sus
dedos se deslizan hacia mi axila y por debajo del corpiño. Siento nuevamente la
urgencia. Me aferro casi con furia a aquel cilindro cálido y lo miro. Él me
sonríe y no dice nada , continúa con sus caricias. Me siento con el rostro
caliente. Gracias a Dios en el taxi no hay casi luz. Siento húmedas las palmas
y mi vagina. Llegamos Enrique… ¡otra vez! Alfredo paga al muchacho que conducía
escuchando su reproductor de MP3 y masticando chicle. En el ascensor me apreto
a él . No obstante se retira unos
centímetros y con un dedo sobre sus labios me indica silencio. Caminamos unos escasos metros por el pasillo
iluminado por una luz tenue, noto que mis pasos casi no suenan por la alfombra
mullida. Su mano izquierda en mi brazo
derecho, casi me empuja. Padre-amante-dueño. Hace girar la llave en la
cerradura y cuando la puerta se abre me
arroja dentro. El deseo se transforma, es como un temblor en mi interior. Lo
miro yo ahora estoy parada en el centro de la habitación. Él se está dejando
caer sobre un sillón de dos cuerpos. Extrae una caja de Parliament del bolsillo
de su camisa. Lo enciende. La luz del encendedor ilumina el rostro de Enrique y
me dice. Seco. Lacónico. Imperativo. -¡Desnúdate despacio mientras fumo! Te
quiero ver. Y yo obedezco ¿Cómo no obedecer? ¿Cómo resistirse a ése hombre que me mira?
¿Cómo resistirse a quien nos dará lo que tanto esperamos? Me imagino gata. Mi
temblor interior es como un ronroneo. Y
me parece que Alfredo lo escucha por su gesto. Por su mirada. Una mirada que me
parece una caricia. Que me parece una lengua húmeda y tibia. Él me lame con sus ojos y yo comienzo a
desnudarme despacio. Despacio. Él quiere verme y yo quiero que vea.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Gallito Ciego. Novela. Trigésima Quinta Entrada
Vuelvo a publicar mi novela Gallito Ciego (2009 Reloj de Arena) luego de un año. Una novela ambientada en el siglo XXI pero influida por el pasado. Espero les guste.
El río y la sedienta (continuación)
El río y la sedienta (continuación)
Me gusta besar en la mejilla. No es cuestión
de andar dando espectáculo. Para otro tipo de besos siempre hay tiempo.
–Hola Magui-me dijo, siempre me llama así, no
sé si le parecerá muy largo mi nombre o no le gusta. Mi madre me llamaba Marga
y mi hermano también. Enrique me decía
caramelo. Otra vez esa maldita puerta que se me abre, sin que yo
quiera. –Hola
como estás lindo-le contesté casi automáticamente. Alfredo tiene unos ojos como
tristes, opacos, recién lo noto. Me siento frente a él.
-¿Qué vas a tomar? –me preguntó suavemente.-¿un café irlandés?-su rostro
sonríe. Pero sus ojos están como desfasados. No acompañan su picardía. Recién
me doy cuenta. O será la primera vez que tiene esta expresión. Quizás está con
algún problema personal. Mejor no pregunto. No me gusta ser paño de lágrimas de
nadie. Menos aún de un hombre.
Ya tengo 35 años, en todo caso necesito yo alguien que me consuele. –Me parece
bien-contesto-vos me querés emborrachar. Un poquito de alegría no viene
mal-agrego y le sonrío. Él me retribuye
con su sonrisa de dientes blancos. Las arrugas que se le forman en el ángulo
externo de los párpados cuando ríe y ésas canas que brillan entre su pelo
oscuro, me atraen. Sonrío con más ganas, estiro mi mano y le acaricio el dorso
de la suya. Mi palma está transpirando. Bruscamente comienzo a sentir un deseo
intenso. ¿Qué me pasa? Tantos meses ¿o más de
un año? Sin nada, y ahora me voy a descontrolar. Como me descontrolaba
con Enrique. Que su sola presencia me excitaba. Con solo escuchar sus pasos
sentía la humedad tibia de mis glándulas mojándome. Me quedaba paralizada.
Temerosa de desagradarle. Deseosa de que me arranque la ropa, me acaricie, me
bese. Me someta. Me obligue con el arma de su pene duro y rosado a rendirme a
sus deseos.
-¿O querés otra cosa?-me pregunta Alfredo-¿Te tildaste?
-No está bien, un café irlandés-digo y siento nuevamente el rubor en mi
cara ¿Por qué? –Sabes Magui quiero pedirte algo-me dice como distraído. Sonríe.
–Pero no es este momento para decírtelo, mi chiquita-agrega.
-¡Chiquita! Que lindo suena – le
digo. Imagino a Alfredo como a un padre protector y dominante. Chiquita que linda sonoridad tiene ésa palabra.!Y que
connotaciones! Percibo la mirada de Alfredo padre-amante-dueño que mira mi
cuerpo mientras me desnudo. El pide que me desnude mientras fuma. Sentado,
recostado contra el espaldar del sillón.-¿ Qué me querés pedir?- le digo
tratando de apartar las imágenes sensuales de mi mente, temiendo que nuevamente
mi rostro se transforme como cuando bajé del colectivo, en un enorme tomate.
Que perciba mi ansiedad. Mi urgencia. Enrique no debe notarlo. Oh! Otra vez.-¿Qué me querés pedir?-le dije con una sonrisa
sugerente. –No sé si éste es el momento
para pedírtelo, Magui. No quisiera arruinar algo especial como esto. Es solo un
tipo que le debe dinero a mi abuelo, por la compra de una quinta en
Zárate y le dio un domicilio falso . Y trabaja en la misma empresa que
vos. O por lo menos ahí lo ví una de las primeras veces que fui a esperarte.-
dicho esto bajó la cabeza como avergonzado, con su dedo índice dibujaba
invisibles figuras sobre el mantel. Luego levantó la cabeza y me mostró
nuevamente su sonrisa blanca-¡Olvidate! Es como si nunca te hubiera dicho
nada. Lo que pasa es que mientras te
esperaba me quedé pensando en ése tránsfuga. En una de ésas ni siquiera es el
mismo. Yo lo ví dos o tres veces, cuando
hizo el negocio. Luego se perdió, como te dije le dio al pobre viejo un
domicilio falso. Se que la propiedad a su vez la vendió. Cuando lo ví tuve el impulso de correrlo,
pero claro, tenía muchas ganas de verte a vos.-nuevamente su sonrisa apareció
en su rostro. Probé mi café irlandés. Le volví a tocar la mano.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Novelas en episodios se reactiva.
A partir el 2 de octubre de 2013, volveré a publicar en este blog.
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