viernes, 6 de marzo de 2015

Gallito Ciego. Novela. Quincuagésima Tercera Entrada

Les dejo otro capítulo... o mejor dicho un fragmento de capítulo. Espero les guste y aún sigan leyendo esto.




                 XXI  El buscador y el anciano.

El médico me dijo que en una semana me sacarían el yeso. Me esperaban por lo menos cuatro semanas de rehabilitación. Por lo demás me encontró bien.
Este tiempo de reclusión obligada me ha servido para meditar sobre mi accionar anterior. Ahora no entiendo el impulso suicida que me llevó a inmiscuirme en ese ambiente criminal. Por otro lado no puedo comprender como me había dejado llevar por los dichos de una mujer evidentemente confundida. Una mujer que me había contado una estupidez. Y yo más que estúpido, creyéndola.  Quizás debería consultar con un psiquiatra sobre lo que me había pasado. Probablemente el stress. Lo que realmente necesito son unas buenas vacaciones. En algún lugar con sol y playa. El caribe o quizás Brasil. Por que no Miami. Hasta podría invitar a Selene. Ella se había mostrado comprensiva con mi accidente. Nadie por otro lado se hace matar a palos para plantar a una chica. Quizás tendría que contactarme con Ortega. Pero como hacerlo si está desaparecido hace semanas. El tiene mucho conocimiento de lugares turísticos, me podría asesorar. Ya lo voy a encontrar. Leo la revista el tema de tapa es la detención del comisario Jorge Guzmán , alias el chancho, en una estancia de Entre Ríos.  Parece ser un personaje muy pesado. A las notas sobre su trayectoria criminal, se agregan otras sobre los crímenes de la
triple A, organización a la cual aparentemente éste individuo pertenecía. ¿son o no de lesa humanidad? Los familiares de las víctimas así lo reclaman. Aduciendo que es arbitrario poner como límite el 24 de Marzo de 1976. Ya que afirman la maquinaria represiva estatal estaba en marcha antes de ésta fecha.  Los defensores de Guzmán y compañía sostienen lo contrario.  Treinta y un años son tiempo más que suficiente para la prescripción de ésas causas.  La foto de ése anciano esposado y con chaleco antibalas revela un rostro indiferente, sin una pizca de arrepentimiento. Casi un rostro amenazante. A Guzmán se lo vincula además con grupos que se desempeñaron durante la dictadura. Evidentemente no había existido un punto exacto, una división de aguas, entre un gobierno y otro en lo que se refiere al accionar de ésas bandas.  Volví a mirar la foto y tiré la revista sobre la mesa. Ya  tengo bastante de setentismo con mis últimas experiencias. No deseo que Guzmán liberándose de sus esposas salga de la foto para arrancarme las vísceras como me había prometido Videla, con sus bufidos taurinos. No hace tanto tiempo en el almanaque. Pero si una eternidad en mi disposición de ánimo. Además el viejo comisario seguramente terminará cómodamente detenido en su casa. Mientras sus víctimas continuarán bajo tierra. Callados. Sin poder levantar el índice acusador para señalar a su asesino. Sin voz ya para reclamar esa justicia , que lamentablemente solo llegará para algunos de ellos. Y otro asesinos, tan o más despiadados que el comisario seguirán caminando por la calle plácidamente, quizás tocándole la cabeza a los niños. Como unos abuelitos buenos. Abuelitos depravados y perversos. Escondidos tras las canas de su culpa. Impenitentes. Caminando por las plazas y los parques. Vigilando sus empresas o sus campos. Tomando chocolate el veinticinco de mayo. En vasitos blancos que entibiaran sus manos sucias.  De todas formas  yo quiero hablar con Riedel Liand, me debe una explicación estoy convencido de eso. Él me habló de  Cabezas y casi termino igual. Por poco me queman en una cava. Ganas no les habrá faltado y si no lo hicieron habrá sido para que yo sirviera de advertencia viviente.  Pero antes de ir a ver al doctor, voy a volver a la cerrajería de la calle Venezuela, seguramente será lo último que haré con respecto a éste asunto. Luego sí vacaciones, Selene , Caribe. Me afeito prolijamente , he aprendido a manejar mi mano izquierda como si fuera la derecha. Después de todo de ahora en más tendré la ventaja de ser ambidiestro.  Mi  rostro ya casi volvió a la normalidad. Me sorprende que lo que más se me note es  la herida en el arco superciliar izquierdo aquella que me  provocó el encargado del cementerio, aquella noche de locura. Es como si ése hombre tuviera un veneno en sus manos, como la cola de las rayas.  Ya estoy presentable. Salvo por mi brazo de concreto que disimulo bajo la camisa. Es notable como los seres humanos nos adaptamos a situaciones nuevas.  Salgo al palier. Llamo el ascensor, que tarda una eternidad en llegar, desciendo en compañía de una anciana, gracias a dios sin perro. Probablemente ese es un indicio de que mi futuro mejorará. Un signo de buen augurio. Quizás si aquella mañana en el viejo edificio de la calle Tucumán , hubiera cedido a mi pánico por los perros y me hubiera ido. Nada de esto hubiera ocurrido. Ese, evidentemente, fue un signo que no supe interpretar.  Ahora era todo lo contrario y me encontraba con una anciana sin perro. Por la regla de los opuestos hoy mi suerte estaba cambiando.  Y el periodista-detective-bacteria volvería a convertirse en un muchacho común. Ocupado de cosas comunes. Ocupándose de notas a políticos, entrevista a arrepentidos, charlas de café con gremialistas o empresarios exitosos. O ambas cosas a la vez. Que seguramente seguiría siendo la misma bacteria en su microcosmos. Pero menos conciente de serlo. O más feliz quizás de serlo. En la vereda me dirigí hasta la esquina y detuve un taxi. Ni soñar en manejar en mi condición de unípodo. O mejor dicho unibraquio pues mis piernas aún me pertenecían. Me dirigí sin preámbulos a la calle Venezuela, de existir otro cartelito como el de semanas atrás me quedaría parado en la puerta el tiempo que fuese necesario hasta que alguien me abriera. Quería poner un punto final a todo este asunto. Y quería ponérselo hoy.  Tenía tiempo durante el día de ir a verlo a Riedel Liand. El viaje fue más rápido de lo esperado. O por lo menos así me pareció. Pagué. Descendí y caminé los veinte metros que me separaban del local al que me dirigía.  Estaba abierto. Al entrar veo a un hombre inclinado sobre una mesa que trabajaba sobre algo que al acercarme identifiqué como una cerradura. Estaba en una cerrajería no podría ser otra cosa. Más allá que hoy existen múltiples tipos de cerraduras. No solo mecánicas. Pero el hombre trabajaba sobre una cerradura común y corriente esas de llaves de doble paleta.  Pareció no prestar atención a mi presencia. Carraspee como para llamarle la atención. Él levantó la vista hacia mí y continuó un momento más con su trabajo. Después se puso de pie, limpiándose las manos en un trapo teñido de gris de tanto usarlo. Caminó unos pasos y me preguntó que necesitaba. Me habló con esa vos cavernosa que yo reconocí inmediatamente como la de la persona que me había atendido telefónicamente. El tipo era una mole. Con ese físico de los luchadores romanos. Un  cuerpo de gladiador enfundado en una remera roja. Permanecí un momento callado. Turbado. Luego en silencio extraje la famosa tarjeta y se la di. Él la examinó de lado y de revés y luego me preguntó
-¿Por qué asunto quiere ver a mi padre?- me di cuenta que no era Papa como el de Roma sino papá lo que decía. Papá pero sin acento. Riedel Liand tendría que volver a la primaria para aprender las reglas de ortografía. El papá eso es lo que el muy hijo de puta había escrito. Me sorprendí nuevamente.
-Quiero charlar unas palabras con él nada más-contesté
-No está-me dijo mientras me devolvía la tarjeta con la evidente intención de volver a sus ocupaciones y dar por terminada la conversación.
-¿Pero cuando lo puedo encontrar?.- me sorprendí preguntando, a la vez que notaba que un gesto hosco ganaba el rostro del otro. Temí otra golpiza y con un gesto de mi mano sana indiqué que no importaba. Ya me dirigía hacia la puerta, cuando escuché una voz que decía
-Iñaki ¡déjalo pasar! Por favor déjalo pasar- y ví a un anciano  enfundado en un traje gris muy gastado parado en la puerta al lado de las estanterías.
El grandote me volvió a mirar con ojos de perro atado. Bestias que desean  desgarrar tu cuello y beberse tu sangre, pero que son retenidos por una cadena. No quise comprobar si caía baba de su boca. No me animé a mirarlo. Cuando levantó una sección rebatible del mostrador pasé a su lado casi corriendo. A pesar de mi brazo inmóvil.  “El miedo no es sonso” recordé que decía mi abuelo. Y un solo golpe del gigante podría terminar de descalabrar mi cuerpo. Completar el trabajo inconcluso de unas semanas atrás. Pensé en lo que me había impulsado a ir a ése lugar y exponerme al riesgo de que nuevamente me muelan a palos. “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos. Que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos” otra vez la voz risueña de mi abuelo resonando en mi cabeza. Porque existen voces que son risueñas. Que son alegres y melodiosas. No como la voz del mister T que tenía a mi lado, que parecía surgida de las profundidades de una cueva. Con resonancias de roca. Pobre mi abuelo que se había convertido en tierra hace muchos años. En Pigüe. En “su” Pigüe. Su única herencia material la había perdido al perder su Ballester Molina. Miré nuevamente la figura parada en el umbral de aquella puerta. Una figura que se me antojó insignificante.  Opaca. Invadida toda ella de una decrepitud que sin embargo no afectaba sus ojos. Ni su voz. Quizás fue su voz la que evocó en mi inconsciente la de mi abuelo.
Cuando estuve frente a él el viejo me puso su mano derecha en mi hombro izquierdo y me sonrió. Me sonrió con una sonrisa que también había escapado al estrago de los años. Y sentí una especie de paz. Como la que algunos experimentan en las iglesias. Otros ante los paisajes majestuosos. Tragué saliva para aclarar mi voz. Nuevamente en muy corto lapso de tiempo me sentía menoscabado. Ahora ya no por la figura amenazante del plantígrado. Sino por una especie de halo que rodeaba a aquel anciano. Que lo arrojaba fuera de su insignificancia.  Que le confería la calidad de extraordinario. 
-No le hagas caso a Iñaki-me dijo mientras mantenía su mano en mi hombro y me miraba sonriente-Él busca protegerme nada más. Pero así como lo ves es un buen chico.- El otro había vuelto a sentarse frente a su cerradura- Como vos, un poco alocado pero un buen chico.
-Perdón. Usted no me conoce-alcancé a decir en voz casi susurrante.
-Personalmente no te conozco. Pero de alguna forma te conozco. ¿Quién te mandó aquí?-me preguntó. Le alcancé la tarjeta. El viejo la miró casi con indiferencia.-no conozco ese teléfono.- me dijo
-El Dr. Riedel Liand, me la dio, ese es su número. El es un directivo de la revista donde trabajo y me dio ésta tarjeta afirmando que usted, o no se si usted. La persona a la que yo creí le decían El Papa. Esa persona  tenía posibilidades de ayudarme en una investigación que estaba realizando en ése momento.- el viejo no dijo nada tomó mi brazo derecho y me llevó hacia el interior de un gran cuarto. Iluminado por la luz de varios ventanales que se abrían a un patio interno. Pequeño pero que servía para ventilación e iluminación. Me señaló un viejo sillón y se sentó en otro que estaba  en un ángulo de noventa grados. Me senté en el borde. Como temeroso. Pero no experimentaba miedo.  Al contrario. Él movió la cabeza hacia un lado y hacia el otro, mientras apretaba sus labios en una mueca, como un padre ante una travesura de su hijo.
-A fue él quien te dio esa tarjeta-dijo de pronto como una bomba de efecto retardado. Y no volvió a mencionar nada a ese respecto.- Contame que es lo que estás investigando.

viernes, 27 de febrero de 2015

Gallito Ciego. Novela. Quincuagésima Segunda Entrada.

Les dejo otro capítulo.




                                      XX  Librerías y restaurantes.

Tomé un ejemplar de cuentos de Cortázar, lo hojee por el puro  placer de hacerlo. Creo haber leído todo o casi todo lo que él ha escrito. Pero al hacerlo me parece que puedo de alguna forma palpar las historias. Luego un poemario de Ernesto Cardenal, de alguna forma me transporta a mi juventud. Adoro recorrer las mesas de las librerías. Es un momento en el que me siento transportada a otros mundos. Mundos ocultos en el papel. Que se abren en mis manos. Invitándome a entrar. Jessica a pocos metros hojeaba un volumen . De algún filósofo seguramente. O algún sociólogo. Ella era amante de los ensayos. Le habían extirpado la ficción. La fantasía. Era una escrutadora de pensamientos, de explicaciones del mundo. Uno ya ha comprendido que el mundo es incompresible. Por no decir absurdo. Que lo insólito y lo irracional aparece a cada momento. Como una caja de sorpresas. Detrás de cada puerta que abrimos puede aparecer el monstruo o el ángel. Hitler o Jesús.  La charla con Schumacher me había dejado turbada. Me enfrentaba con esas cosas insólitas e irracionales.  Cuya existencia socavaban los cimientos del pensamiento científico.  Ese mismo que encarnaba Schumacher.  Para el cuál simplemente existen los imposibles. Por lo que en realidad me encontraba enfrentada a mis propios principios.  Tenía que evaluar seriamente la posibilidad de haberme equivocado.  De no haber visto a Serra el día que creí haberlo visto. Pero no podía engañarme a mi misma. Inventarme una realidad elusiva. La única respuesta era que esa maldita Hermandad estaba activa. Que de alguna forma había logrado volver a Serra a la vida. Me sentí desfallecer. El solo hecho de considerar esa posibilidad me aterraba. ¿Qué más podrían hacer? ¿Hasta donde podrían extender el imperio de su maldad? Preguntas para las que no tuve respuestas. Y me sentí prisionera de un desasosiego que nunca había sentido antes. De un terror superior al que me había ocasionado la maquinaria de exterminio del pasado. Autocontrol. Necesitaba autocontrol. Me dije que no podía estar pensando de ésa forma. Como ésos espíritus religiosos de los que siempre me había burlado.  No, yo no era así. La maquinaria del mal siempre tuvo operadores humanos.  Debía hacer una retrospección . Remontarme a mi primer encuentro con Furno. Cuando hace unos momentos le hablaba de él a Jessica, volví a sentir la repugnancia por ése ser abyecto. Era la quintaesencia de la corrupción. Un hombre sin principio alguno. Apegado solo a su propia conveniencia. A su ganancia personal. Furno. Era muy difícil encontrarlo si es que todavía vive.  Y una vez encontrado . ¿Qué cosa podría ser creíble de su boca? Hoy todo ha cambiado. Diez años atrás la mayoría de estos personajes gozaba de impunidad. Hoy la cosa es distinta. Debo hacer un ejercicio de memoria. Para obtener alguna información de lo que él me había dicho antes de la entrevista con Horacio. Algo más concreto sobre las actividades del grupo. “La Hermandad del Gallo Azul, así la llaman ellos, yo estuve en contacto con alguno de sus integrantes” nos había dicho. Si eso ya lo sé. “Adoctrina gente. Gente que usted conoce como el oso Videla o el profesor Serra y otros más que usted no conoce” Ahí tenía el contacto del pasado con el presente. Pero ¿Qué me había dicho antes? Cuando el pretendía entrevistarse con Horacio. Venderle la información. ¿Me había dicho algo sobre Lanús? Si que él venía de Lanús o que estaba viviendo ahí. No creo que me informara sobre su domicilio. No, Furno jamás lo haría. ¡Pasaron tantos años! En contacto. ¿Qué específicamente era estar en contacto? No era el tipo de personaje que integraría una agrupación de ésas características. Furno era la antípoda de  un fanático. Lanús. ¿ Qué había dicho de Lanús? Maldije la fragilidad de mi memoria. Me sorprendí con un ejemplar de “La ciudad y los Perros” que inadvertidamente había tomado de la mesa de ofertas. Si por lo menos hubiera tomado “La guerra del fin del mundo” que descansaba al lado. Quizás inconscientemente me había atraído la tapa. Pasé las hojas de las que parecían escaparse adolescentes de liceo. Vargas Llosa autobiográfico. Made in Lanús. Eso me había dicho el hijo de puta. “Tengo algo Made in Lanús”. Jessica a mi lado me miraba sorprendida.  Dejé el libro. La tomé del brazo y salimos del local. Ya en la vereda decidí que había que seguir a Videla. Sobre todo cuando se dirigiera a Lanús. Autocontrol. Eso necesitaba autocontrol. Invité a Jessica a cenar. 
Yo tenía la capacidad de leer las entrelineas de los discursos.  Identificar la información que subyace. Pero este ejercicio era muy dificultoso  con un lapso de tiempo tan grande entre discurso y análisis. Sin embargo lo había logrado. Creo recordar hasta lo visual de aquel momento. Su aspecto al decírmelo. Su gesto. Debo ser cuidadosa pues a veces creemos recordar cosas que nunca han ocurrido. Volví a tratar de reconstruir aquel primer encuentro. Cuando él me contactó. El  rechazo inicial que sentí por él. Y luego su insistencia. Si eso era lo que había dicho ahora no tenía dudas. Luego todo se frustró y quizás se perdió la oportunidad de abortar al monstruo antes que fuera peligroso. Como evidentemente ahora lo era. Jessica se sentó en una de esas mesitas en el fondo del local. Como era su costumbre.  El mozo nos trajo el pan y nos preguntó que beberíamos.  Ella pidió un gaseosa, yo un agua mineral sin gas. Luego mirándome con un gesto pícaro me preguntó.
-¿Pensaste? Cuando entrás a una librería y estás así como descerebrada mirando  una y otra vez cosas que conocés de memoria, es porque estás pensando. Yo te conozco.-Estiró su mano y tocó suavemente la mía.
-Si pensé-le contesté con un gesto amistoso- En realidad recordé. Es difícil recordar cosas que están enterradas en la memoria. Cosas a las que uno no le ha dado valor. La mayoría de las veces no se logra. Desaparecen simplemente. Para siempre.
-¿Y este es el caso?-me indagó. Su gesto de picardía permanecía en su rostro y me pareció encantador. O quizás para ser más exacta me enterneció. Ella había sido tan castigada por la vida. Tantas cosas de su vida habían sido simplemente anuladas. Tantas cosas habían desaparecido para siempre y no sería posible recuperarlas por ningún ejercicio de memoria. Por metódica que sea. No se encontrarían en ninguna entrelinea. Me sonreí. El mozo trajo la bebida y ordenamos pastas.
-Parcialmente- le dije con suavidad- Parcialmente. Recuerdas lo que te comenté de Furno.
-¡Sí!-me dijo con una carcajada- ¡El que robó la manos de Perón para prenderle velas!-agregó con una síntesis disparatada de mis dichos. Mientras se reía con ganas.
-Si el mismo-contesté a mi vez contagiada de aquella risa juvenil. De aquella  candidez que actuaba en mí como un tratamiento paliativo de mis angustias de momentos antes. Dudé si seguir hablando del tema o si lo más conveniente sería dejarla de lado. Apartarla de todo aquello. Protegerla de la podredumbre del pasado que volvía. Como una placa de gangrena en un miembro convaleciente.- Ese tipo me había dicho algo que yo había olvidado. Y que ahora me parece importante. En realidad ahora estoy en condiciones de asignarle la importancia que tiene. Ahora cuento con información que en ese momento no tenía.
-Estás haciendo inteligencia- me dijo antes de callarse por la llegada del mozo. Cuándo éste se hubo retirado agregó-Estás como esos agentes secretos de las películas que  deducen un código secreto de la anotación al margen de un tipo en un libro de la escuela primaria.
-Algo así-contesté recordando de pronto otra época en que realmente había realizado inteligencia y contrainteligencia . Muchas vidas se habían salvado gracias al trabajo que hacíamos. Si Jessica supiera que hace más de treinta años yo había descubierto a Videla, Serra y otros informantes. Pero eso tenía decidido no hablarlo con ella. Tampoco de cómo se taponaban los agujeros por los que se filtraba la información.-Algo así. Pero es algo que realmente no tiene una gran magnitud. Algo anecdótico- mentí- lo que pasa es que yo hago esos ejercicios de memoria y me gusta tener éxito en su resolución. Me obsesiono.- continúe mintiendo. Sonreí para tranquilizarla  y en la primer oportunidad que tuve cambié el curso de la conversación. Me resolví a contactarme nuevamente con Horacio. Ahora con la información de Lanús. Él decidiría como vigilar a Videla ahora que sabíamos su paradero, gracias al gallito ciego. Gallito ciego que casi es puchero. Con esa información la vigilancia podía ser mucho más acotada y menos costosa.  También decidí ir a visitar al pendejo. Pero para eso tendría que esperar que se reincorpore a la redacción. Oficialmente no tengo forma de saber donde vive.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Gallito Ciego. Novela. Quincuagésimo Primera Entrada



XIX  El río y la sedienta segunda parte.



Él me miraba desde el sillón. Sus ojos  tras las volutas de humo de su cigarrillo. Él me miraba y su mirada parecía lamerme. Sentía el recorrido de la misma sobre mi cuerpo. Con una calidez húmeda que me erizaba. Me contorneaba, pasaba  mi mano lenta sobre mi piel mientras me sacaba las prendas. Una  a una.  Lamida por su mirada de hombre. Alfredo me hizo en silencio el gesto  con su brazo derecho extendido hacia delante y su mano trazando un imaginario círculo en el aire. Comencé a darme vuelta de acuerdo a sus deseos. Me privaba de su mirada. Pero yo igual la sentía subiendo por mis muslos y deteniéndose en mis glúteos. A ellos lo que más les gusta es mi cola. Adoro que admiren mi cola. Luego sentí que subía por mi espalda se detenía en mis hombros y anidaba en mi nuca. Con mi mano derecha recogí mi cabello. Para sentirla en mi cuello. Mi corazón latía con fuerza y un  rocío de sudor perló mi piel.  El deseo como una caricia quemante subía por la humedad de mi vagina y golpeaba mi ombligo. Como pequeñas olas tibias.  Él chasqueó los dedos. Lo miré sobre mi hombro. Me ordenó volverme.

-Sacate la tanga despacito, Magui, despacito.-me dijo, yo obedecí, con mis pulgares estiré lentamente las cintillas sobre mis caderas y con movimientos ondulantes empecé a sacármela.  Sentí como su mirada húmeda se posaba sobre mi pubis y lo escarbaba buscando mi clítoris. Las olas comenzaron a golpear con más fuerza.  Paralizada de deseo terminé de desnudarme. Él apagó lentamente el cigarrillo y se puso de pie. Me hizo un gesto para que me acercara.  Mientras con una mano se desabrochaba el cinto y se abría el pantalón. No podía reprimir el deseo en mi interior que era como un temblor. Una vibración que me sacudía. Caminé los pocos pasos que nos separaban sin sacarle la mirada de sus ojos.  Cuando estuve frente a él, me puso  las manos en los hombros y con suavidad me obligó a arrodillarme.  Estiré mis manos sudorosa hacia sus calzoncillos blancos, los bajé con cuidado. Vi su pene parado. El glande rosado asomando de su piel.  Acaricié sus testículos duros y levantando la mirada, comencé a lamerlo. Ahora yo lo lamía. Como él me había lamido y poco a poco fui devorando su miembro duro. Que se deslizaba sobre mi lengua como un ariete. La humedad comenzó mojar mis muslos juntos y una gran ola me penetró, mojando mi piel en un orgasmo. Luego él me levantó con sus manos suaves bajo mis axilas húmedas. Me acostó en el suelo y me penetró con fuerza hasta que casi perdí la conciencia. Enrique. Enrique. ¿Por qué no te quedas a vivir dentro mío? Cuando su esperma me inundó. Se retiró de mí y encendió otro cigarrillo. Me llevó a la habitación y me arrojó sobre la gran cama  de algarrobo. Tirándose a mi lado a fumar.  Mientras con su mano recorría mi cuerpo minuciosamente.  Yo lo miraba con mi cabeza sobre la almohada de vez en cuando sonreía dejando ver su dentadura blanca. Esa noche no dormí. Una y otra vez socavó mi cuerpo con hambre de famélico. Explorándome como un conquistador impetuoso. Por la mañana me ordenó  que le preparara un café . Obediente me dirigí a la cocina, se lo llevé en una bandeja que encontré sobre la mesada.

- Ahora vestite y andate-me dijo serio- que quiero descansar un rato, y no te olvides de averiguarme sobre ese tipo que te dije anoche. ¡Y no  me llames! Yo lo haré cuando lo crea conveniente.-agregó.

Agradecida me vestí en silencio. Cuando terminé  ya había acabado su café y tenía los ojos cerrados. Lo miré por última vez. No le di un beso para no molestarlo. Enrique es así. Padre-amante-dueño. ¡Otra vez! Esa maldita puerta que no se cierra. ¡Alfredo quiero decir! ¡Alfredo!. Agradecí no haberme bañado pues podía aún sentir su olor en mi cuerpo. Caminé hasta la esquina y tomé un taxi.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Gallito Ciego Novela. Quincuagésima Entrada



 XVIII  Retorno sin gloria.

Al despertar me sentí como saliendo de un túnel. Un largo túnel habitado por monstruos y fantasmas. El dolor físico me fue arrastrando lentamente fuera. Me fue arrastrando hacia la vigilia. Abrí los ojos y mi mirada recorrió el techo blanco. Deteniéndose en el plafón con sus círculos naranjas, como diminutos anillos superpuestos sobre el vidrio. Nunca había prestado atención a esos detalles insignificantes. Un surco recorría la pintura de látex paralela a la pared de la puerta. Se me ocurrió un  Nilo minúsculo corriendo sobre mi cabeza. Permanecí absorto en esos pensamientos inútiles. Hasta que el dolor de mis costillas y mi brazo me volvieron a situar en la realidad. No sabía que hora era. Mi reloj lo había perdido en la calle Solís, según recordaba como en una especie de sucesiones de flashes. Como ésas imágenes fugaces que se suceden en la presentación de algunos programas televisivos. Me senté con dificultad debido a mi brazo inmóvil, tenía que moverme en bloque como una especie mamífero marino sobre las rocas de la costa.  La maniobra me costó un gran esfuerzo. El dolor se transformaba en terribles puñaladas que atravesaban  mi cuerpo. Me puse de pie con la inseguridad de un niño que está aprendiendo a caminar. Sentí mi cuerpo bambolearse. Extendí mi brazo izquierdo y abrí mis pies con la esperanza de sustentarme. Poco a poco me acostumbre a mi condición de hombre erguido. Ese escalón evolutivo que permitió usar los miembros anteriores (ahora superiores) para asir cosas y manipular herramientas.  Yo era ahora un hombre erguido. Maltrecho hombre erguido. Con uno de mis miembros superiores petrificado en ángulo recto. Poco a poco comencé mi marcha, paso tras paso. Hasta que la confianza volvió a ganarme. A sumarme a las filas de los optimistas que creen que es posible llegar al baño sin caerse. Cuando me paré junto al espejo mi aspecto me sobresaltó. ¿Era yo esa cosa magullada y barbuda. Surcado el rostro de excoriaciones y hematomas? Giré sobre mis pies. Con la dificultad de una maniobra quirúrgica bajé el cierre de mis pantalones que no me había sacado para dormir y vacié mi vejiga tensa ruidosamente en el inodoro apoyándome con mi mano izquierda en la pared. Luego de haber terminado permanecí con la cabeza gacha y los ojos cerrados. En la misma posición . Como congelado. Luego con menos dificultad subí el cierre y me enfrenté nuevamente con la terrible realidad del espejo. Me percaté de mi ropa sucia y comencé  trabajosamente a desnudarme. En calzoncillos emprendí la larga travesía que me llevó hasta la cocina. Extraje una bolsa de residuos negra y me embolsé el miembro inmóvil y blanco. Mi miembro de estatua. Ése que me había mirado la Gorgona. Reí de mi pensamiento estúpido y al hacerlo me dolieron terriblemente los labios lastimados. En  mi nueva condición de hombre residuo, me volví a dirigir al baño. Me terminé de desnudar y dejé caer el agua de la ducha sobre mi humanidad maltrecha. Tomé la pastilla de jabón con la misma delicadeza y precisión con que un astronauta lo hace con sus herramientas en una caminata espacial. De escapar de mi mano sería una tragedia inenarrable. Volver a tomarla para mí, hombre-erguido-tambaleante-residuo sería muy difícil. Afortunadamente nada de esto ocurrió. Con el shampoo fue un poco más fácil. Solo tuve que arrojarme un poco sobre el pelo y con mi única mano humana frotarme la cabeza hasta que se formara abundante espuma. Permanecí bajo la lluvia tibia.  Mis músculos se relajaron. Me sentí mejor. Me sequé y con renovada energía me dirigí a mi cuarto. Extraje la bolsa que había sido bastante efectiva en preservar el yeso seco. Abrí el placard y extraje ropa limpia. Vestirme fue otra tarea ciclópea interrumpida por las puñaladas de dolor. Cuando terminé de hacerlo me dirigí nuevamente al baño. Llevaba conmigo unos analgésicos que me habían dado en el Hospital. Tomé dos juntos.  Y evalué la posibilidad de afeitarme. A mí que me gustaba estar siempre presentable. Si Selene me viera con este aspecto seguramente saldría corriendo como quien se encuentra con el diablo. De todos modos decidí dejar esa tarea para otro momento. Fui nuevamente a la cocina y me preparé  un café grande. Agradecí al inventor del chispero incorporado a la cocina. Haberla encendido con un fósforo o con el encendedor hubiera sido mucho más arduo. Extraje unas galletitas del frasco sobre la mesada, las comí como el más exquisito de los manjares. Con la taza humeante a medio tomar me dirigí al sillón del balcón y me dejé caer en él como un peso muerto. Miré el paisaje de la ciudad que despertaba. Y por fin tuve conciencia que a pesar de todo estaba vivo. Traté de alejar de mi conciencia las imágenes que se me arremolinaban en la mente. Traté de olvidarme de esos días de pesadillas. Y de aferrarme a mi condición de sobreviviente. De náufrago que arriba a una playa desierta y me dormí sobre la arena cálida de mi balcón a la mañana. Me introduje nuevamente lento y sigiloso en el túnel del cual había salido un par de horas antes. Que ahora me pareció un refugio acogedor y tibio.