VI El
Maestro Negro y el chancho
-Maestro
permítame hacerlo por favor.-casi imploré. El otro permaneció callado, como si
no me hubiera escuchado.-Maestro por favor-supliqué nuevamente. No obtuve respuesta. Mi interlocutor continuó en silencio leyendo un libro que
tenía sobre su falda. La pequeña cabeza inclinada hacia abajo. Yo, el hombre,
caminaba de un lado hacia otro de la habitación.-Se lo ruego-dije luego de un
momento. El anciano levantó su cabeza
cubierta de cortos rizos casi blanca por completo y me miró con sus ojos inyectados. Tomó el libro lo dejó en
el suelo y se puso de pie. Con las manos
entrelazadas en su espalda caminó hacia mí y se detuvo a pocos centímetros de
distancia. -¿Para qué?-me preguntó con
una voz suave. Yo, el hombre, bajé la cabeza y comencé a mover el tronco de un
lado hacia el otro como un niño vergonzoso.-¿Para qué?-volvió a preguntar el
anciano.-Necesito hacerlo maestro-contesté por fin-necesito saber que estamos
cerca de lograrlo. Ansío saber que el momento está cerca. ¡Hace tanto que no
las veo!-casi grité. El viejo levantó su mano derecha a la altura de su cara con la palma hacia
delante en un gesto tranquilizador.-Debes tener fe-me dijo y se dio vuelta
dándome la espalda. Yo, el hombre, puse una mano suavemente sobre el hombro del
viejo, éste giró sobre sus talones y me miró con el semblante transformado en
una mueca de ira.-No me toques, sabes que no puedes tocarme-me dijo-Ya lo sé
maestro, perdón-contesté arrepentido, bajando nuevamente la cabeza.-Está bien,
ya está bien-musitó el viejo en forma casi inaudible, me miró se dio vuelta y
con un gesto de su mano me invitó a seguirlo. Abrió una puerta de madera oscura
y ambos ingresamos en un largo pasillo
en penumbras. Al final del mismo a través de otra puerta más pequeña
descendimos por una escalera apenas iluminada hacia un sótano amplio y húmedo.
El anciano se detuvo ante un mueble enorme que tenía solo una pequeña puerta.
Me miró. Se retiró una llave que colgaba de su cuello y la giró en una cerradura de doble paleta. La
pesada puerta se abrió sin ruido alguno. A través de un cristal y bajo una luz blanquecina, yo, el hombre,
pude ver lo que quería. Solo por un instante. Luego el viejo cerró nuevamente
la puerta del mueble y me dijo- Ahora vete, y no vuelvas si no te llamo- Hizo
un gesto displicente, señalándome que me fuera, como el gesto que hace un padre
a su hijo. Yo, el hombre, me incliné en
una especie de reverencia y subí rápidamente las escaleras alejándome. Ya en la
vereda, yo, el oso Videla, decidí ir a visitar al Chancho Guzmán hacía mucho
que no lo veía. Desde que se había retirado de la fuerza alrededor de 1982, se
había instalado en el interior, creo que en Entre Ríos, en una estancia que
había comprado en Nogoyá o Villaguay.
Pero hacía unas semanas que se encontraba en la ferretería de Gerli. El chancho
siempre me avisaba de sus visitas. Nos juntábamos a recordar viejos tiempos.
Los muchachos manejaban casi todo el negocio, eran duros como su padre. Pero el
chancho no perdía la costumbre de supervisar todo. Él debía tener todo en un
puño. Era su naturaleza de organización y mando. Como en las viejas épocas. Por ahí me parecía
que ya no le interesaba la política como antes. Como si su único interés fueran
los negocios. La verdad que a juzgar por el BMW negro tan mal no le debía ir.
miércoles, 4 de julio de 2012
viernes, 22 de junio de 2012
Gallito Ciego Novela. Vigésimo Novena Entrada
Gallito Ciego Novela Vigésimo Novena Entrada.
El vehículo se detuvo. Los vidrios polarizados no dejaban ver con claridad sus ocupantes. Sus balizas se encendieron y marcha atrás estacionó casi enfrente al bar. El mozo que había visto mi actitud me observaba desconfiado. Noté como se acercaba al teléfono y buscaba algo bajo la barra. En un instante de la trastienda emergieron dos muchachos que evidentemente trabajaban en la cocina. Estos me miraban en forma directa. Uno de ellos tenía en su mano uno de esos cuchillos rectangulares que usan los orientales para cortar pescado. Respiré hondo, realmente me sorprendía que después de haber frecuentado con cierta regularidad ese local, me observaran de ésa forma. La puerta del conductor del Siena se abrió, un hombre de unos cuarenta años corpulento, de pelo casi rapado, semicano, bajó. Vestía una campera de cuero gris cerrada con un cierre hasta el cuello. Caminó por delante del coche y subió a la vereda miró hacia ambos lados. Luego miró hacia el bar. Golpeó el vidrio de la puerta trasera con su dedo índice doblado y éste bajo unos escasos centímetros. El hombre se agachó y habló unas palabras con los ocupantes del asiento trasero. Mi corazón empezó a latir rápidamente y sentí un ligero temblor en las piernas. Los tres muchachos detrás de la barra conversaban entre sí aparentemente se habían tranquilizado. No obstante uno de ellos amagó a dirigirse hacia mí. Ahora el de la campera gris miraba directamente hacia el bar . Volvió a agacharse y con su mano izquierda levemente extendida señaló hacia el local. Se volvió a erguir era más alto que lo que yo había pensado cuando bajó del auto. El vidrio polarizado volvió a cerrarse. El tipo guardó sus manos en los bolsillos laterales y cruzó la vereda hacia la puerta. La abrió suavemente y mirando a los escasos comensales se dirigió hacia los muchachos que estaban en la barra. Yo me introduje dentro del baño y atisbé por una pequeña hendidura entre la hoja y el marco. Miré si había alguna ventana que diera a los fondos. En las películas siempre había una y cuando los malditos entraban solo veían una cortina moverse mecida por el viento. Me había metido en mi propia trampa. Estaba atrapado. Repentinamente el hombre se alejó hacia la puerta y los dos muchachos de camisa, incluido el del cuchillo volvieron a la trastienda. El mozo echó una rápida ojeada hacia la mampara al parecer le tranquilizó no verme. Me apuré a salir. Cuando giro hacia la puerta veo al tipo acercarse con tres ancianas. Me sonreí nuevamente. Estaba realmente paranoico. En ése mismo instante una vibración estimuló la piel de mi muslo derecho. Introduje la mano en el bolsillo y extraje mi celular. Era la respuesta de Selene. Después de todo no parecía resentida. Me esperaba a las veintidós treinta. Ya en la vereda caminé unos pocos metros hasta la esquina de Bogotá y decidí no regresar a la redacción. Detuve un taxi y me dirigí hacia la cerrajería de la calle Venezuela, ése día había salido sin el auto. Acostumbraba hacer eso dos o tres veces por semana. Desde dos mil uno hacía aquí, se habían incrementado el número de piquetes, protestas y cortes de calle lo que nos hacía muy difícil el tránsito a los automovilistas en muchas oportunidades. Los primeros piquetes eran una imagen que veíamos en la televisión: en la lejana Salta o en la Patagonia. Pero nunca imaginamos que se transformarían en parte del paisaje cotidiano de Buenos Aires. Si bien es bueno aclarar, como decía muchas veces García , que piquetes eran aquellos, los originales. Luego fueron perdiendo su espontaneidad y su singularidad de asambleas populares. De asambleas de un pueblo excluido y desesperado. Al final de la experiencia neoliberal de los noventa, los piquetes tenían esa característica. Eran puros auténticos. Cuando el presidente farandulesco, tomaba champaña, regalaba ordenadores a escuelas sin corriente eléctrica y nos invitaba a viajar a tomar el té a Japón por la estratosfera. Ya no lo son tanto. Hoy, muchos de ésos movimientos han prestado sus dirigentes a distintos organismos estatales y se han constituido en gerenciadoras de planes sociales. En eso tiene razón García. Más allá de todos los defectos que tenga el gordo, en eso tiene razón. Por eso trato de salir sin el auto dos o tres veces por semana. Buenos Aires además tiene un transporte público muy bueno, al menos durante el día. Se puede optar entre ir hacinado en un colectivo urbano o en un subterráneo. Y si venimos del conurbano podemos hacerlo en maravillosos trenes suburbanos, de cercanías como dirían los españoles. Qué incluso nos brindan la oportunidad de vivir la aventura de llegar sanos a nuestro destino y si somos afortunados, sin haber sido robados. Por eso decidí tomar un taxi. A pesar de la queja de mi bolsillo. A la paranoia de momentos atrás lo seguían ahora estos momentos en que me sentía extrañamente feliz. Como invadido por el efecto de una droga euforizante. Debía contener mi euforia que muchas veces me lleva a cometer groseros errores. Groseros errores de evaluación. Cómo el de Videla.
El vehículo se detuvo. Los vidrios polarizados no dejaban ver con claridad sus ocupantes. Sus balizas se encendieron y marcha atrás estacionó casi enfrente al bar. El mozo que había visto mi actitud me observaba desconfiado. Noté como se acercaba al teléfono y buscaba algo bajo la barra. En un instante de la trastienda emergieron dos muchachos que evidentemente trabajaban en la cocina. Estos me miraban en forma directa. Uno de ellos tenía en su mano uno de esos cuchillos rectangulares que usan los orientales para cortar pescado. Respiré hondo, realmente me sorprendía que después de haber frecuentado con cierta regularidad ese local, me observaran de ésa forma. La puerta del conductor del Siena se abrió, un hombre de unos cuarenta años corpulento, de pelo casi rapado, semicano, bajó. Vestía una campera de cuero gris cerrada con un cierre hasta el cuello. Caminó por delante del coche y subió a la vereda miró hacia ambos lados. Luego miró hacia el bar. Golpeó el vidrio de la puerta trasera con su dedo índice doblado y éste bajo unos escasos centímetros. El hombre se agachó y habló unas palabras con los ocupantes del asiento trasero. Mi corazón empezó a latir rápidamente y sentí un ligero temblor en las piernas. Los tres muchachos detrás de la barra conversaban entre sí aparentemente se habían tranquilizado. No obstante uno de ellos amagó a dirigirse hacia mí. Ahora el de la campera gris miraba directamente hacia el bar . Volvió a agacharse y con su mano izquierda levemente extendida señaló hacia el local. Se volvió a erguir era más alto que lo que yo había pensado cuando bajó del auto. El vidrio polarizado volvió a cerrarse. El tipo guardó sus manos en los bolsillos laterales y cruzó la vereda hacia la puerta. La abrió suavemente y mirando a los escasos comensales se dirigió hacia los muchachos que estaban en la barra. Yo me introduje dentro del baño y atisbé por una pequeña hendidura entre la hoja y el marco. Miré si había alguna ventana que diera a los fondos. En las películas siempre había una y cuando los malditos entraban solo veían una cortina moverse mecida por el viento. Me había metido en mi propia trampa. Estaba atrapado. Repentinamente el hombre se alejó hacia la puerta y los dos muchachos de camisa, incluido el del cuchillo volvieron a la trastienda. El mozo echó una rápida ojeada hacia la mampara al parecer le tranquilizó no verme. Me apuré a salir. Cuando giro hacia la puerta veo al tipo acercarse con tres ancianas. Me sonreí nuevamente. Estaba realmente paranoico. En ése mismo instante una vibración estimuló la piel de mi muslo derecho. Introduje la mano en el bolsillo y extraje mi celular. Era la respuesta de Selene. Después de todo no parecía resentida. Me esperaba a las veintidós treinta. Ya en la vereda caminé unos pocos metros hasta la esquina de Bogotá y decidí no regresar a la redacción. Detuve un taxi y me dirigí hacia la cerrajería de la calle Venezuela, ése día había salido sin el auto. Acostumbraba hacer eso dos o tres veces por semana. Desde dos mil uno hacía aquí, se habían incrementado el número de piquetes, protestas y cortes de calle lo que nos hacía muy difícil el tránsito a los automovilistas en muchas oportunidades. Los primeros piquetes eran una imagen que veíamos en la televisión: en la lejana Salta o en la Patagonia. Pero nunca imaginamos que se transformarían en parte del paisaje cotidiano de Buenos Aires. Si bien es bueno aclarar, como decía muchas veces García , que piquetes eran aquellos, los originales. Luego fueron perdiendo su espontaneidad y su singularidad de asambleas populares. De asambleas de un pueblo excluido y desesperado. Al final de la experiencia neoliberal de los noventa, los piquetes tenían esa característica. Eran puros auténticos. Cuando el presidente farandulesco, tomaba champaña, regalaba ordenadores a escuelas sin corriente eléctrica y nos invitaba a viajar a tomar el té a Japón por la estratosfera. Ya no lo son tanto. Hoy, muchos de ésos movimientos han prestado sus dirigentes a distintos organismos estatales y se han constituido en gerenciadoras de planes sociales. En eso tiene razón García. Más allá de todos los defectos que tenga el gordo, en eso tiene razón. Por eso trato de salir sin el auto dos o tres veces por semana. Buenos Aires además tiene un transporte público muy bueno, al menos durante el día. Se puede optar entre ir hacinado en un colectivo urbano o en un subterráneo. Y si venimos del conurbano podemos hacerlo en maravillosos trenes suburbanos, de cercanías como dirían los españoles. Qué incluso nos brindan la oportunidad de vivir la aventura de llegar sanos a nuestro destino y si somos afortunados, sin haber sido robados. Por eso decidí tomar un taxi. A pesar de la queja de mi bolsillo. A la paranoia de momentos atrás lo seguían ahora estos momentos en que me sentía extrañamente feliz. Como invadido por el efecto de una droga euforizante. Debía contener mi euforia que muchas veces me lleva a cometer groseros errores. Groseros errores de evaluación. Cómo el de Videla.
lunes, 18 de junio de 2012
Gallito Ciego Novela. Vigésimo Octava Entrada
V Paranoia
La misma voz grave de la última vez atendió el teléfono de la cerrajería de la calle Venezuela. El tipo del apodo parece que nunca está. Era al parecer un eterno ausente. Todas mis preguntas al respecto del momento de su posible regreso fueron contestadas con vaguedades. El Papa, así era su apodo, podía volver mañana o el año próximo. Podía estar en Avellaneda o en Moldavia. Colgué el teléfono con fastidio. Miré a García que sentado en su escritorio se comportaba con total indiferencia hacia mi persona. Pensé en hablarle y explicarle que yo no tenía nada que ver con lo que Riedel Liand. Podría habérselo dicho. Pero me autoconvencí en el acto que sería inútil. Me puse de pie me dirigí a su lado y lo invité con fingida naturalidad a tomar un café. Lo que rechazó a su vez simulando tareas impostergables. Bajé por las escaleras, saludé a Margarita que extrañamente sonreía mirando su celular. Después de todo la cara de nada tendría algún cara de nada que le mandaba mensajes de textos. Me la imaginé besando un globo rosado con cara de payaso como los de los cumpleaños infantiles y no pude reprimir una sonrisa. Quizás de tener un novio en realidad debería parecerse a Barnie. Aunque ya no existe el concepto de novio. Me sorprendí a mi mismo pensando de forma tan anacrónica. Enfrascado en ésos dislates llegué a la esquina. Me fui caminando al barcito de avenida Acoyte y me senté solo en una mesa junto al ventanal. Miré los coches pasar. Pedí un café. Hojee mi agenda. Una pequeña agenda revestida de cuero marrón. Abrí en la S busqué el teléfono de Selene, hacía mucho que no la invitaba a tomar un café. Recuerdo cuando Ortega me la presentó en un pub de la avenida Libertador. Pocas veces he conocido una tipa tan simpática. Y no digo esto porque sea fea. No actúo como en un concurso de belleza donde la señorita simpatía es la participante más fea. No Selene tiene sus encantos. No es una de ésas minas que las mirás y morís. Se parecía más a uno de ésos cuadros que al principio no causan gran impacto pero que poco a poco nos van gustando más y más. Extraje mi celular que como siempre estaba en el bolsillo y marqué su número. Me atendió la casilla de correo. Dudé y corté. Dejé el teléfono sobre la mesa y terminé mi café. Volví a mirar los coches que transitaban por la avenida. Me pareció que un Siena verde musgo lo hacía por segunda vez. Me dije a mi mismo cuantos miles de autos iguales debía haber en Buenos Aires. Miré el celular que descansaba sobre la mesa. Le envíe a Selene un mensaje de texto. Una cosa convencional. Diciéndole que después de tantos meses me gustaría verla para charlar un rato. Me sentía ridículo. Nuestra última vez no había sido casualmente charla. No sé porque nunca más la llamé. Quizás porque me había gustado más de la cuenta. Y había sonado la alarma, ésa que avisa cuando la independencia puede estar en peligro. Llamé al mozo y le pagué. Nuevamente el Siena se aproximaba por la avenida, ésta vez no había duda era la misma patente. Me puse en guardia. Me dirigí al baño y me paré tras la mampara que cubría la puerta de acceso
viernes, 15 de junio de 2012
Gallito Ciego. Novela. Vigésimo Séptima Entrada
Gallito Ciego. Novela. Vigésimo Séptima Entrada
IV El Oso
Yo
lo conocí creo que en 1964 o 65 más o menos por ésa época. Después lo perdí. Lo
reencontré por el 73 o 72 no recuerdo bien..
Yo andaba en la juventud del
sindicato y él estaba metido con un grupo de estudiantes que querían enderezar
la universidad. Lo que pasa que en esos
años los zurdos nacían como hongos. Uno les pateaba la cabeza pero de nuevo
volvían otros. Ellos no tienen nada que
ver con nosotros. Nosotros somos argentinos. Él me contaba que sí, que en la
universidad estaba también lleno de maricones, de judíos apátridas. Todos
zurdos. Porque ésos pendejos zurditos además son casi todos medios putos,
melenudos y mugrientos. Cuando descubrían alguna reunión le caían con todo,
con cadenas, palos y algún fierro por si hacía falta despachar alguno, porque
alguno de ésos afeminados eran más peligrosos que otros y había que liquidarlo.
Yo lo entendía, porque nosotros en el sindicato
teníamos que hacer lo mismo, porque siempre están. Tenés que tener mucho cuidado porque ésos
guachos siempre están. Se infiltran como dice el compañero secretario general.
Son infiltrados trotskistas. Como un cáncer que se come el tejido social , eso
también nos explicó el compañero secretario general. Uno tenía que defenderse. En todos lados
teníamos que defendernos. Era una agresión que la manejaban desde afuera.
Nosotros somos argentinos. No tenemos nada que ver con ésos. Y somos bien machos también. Nadie nos va ha
llevar por delante. Ni nos coparían los gremios así como así. Seguro que
pensaban que éramos una manga de pelotudos. Seguro que pensaban que éramos
todos unos mantequitas salidos de un colegio de monjas. Se equivocaron fiero.
Nosotros tenemos las pelotas como sandías. Ahora todo es distinto. Si sos
patriota, está mal. Si defendiste la patria está mal. ¡Cómo se olvida de todo
la gente! Esos que tanto nos critican ¿Dónde estaban en aquella época? ¿Por qué
no vinieron a decirnos ésas cosas entonces? ¡Cobardes! ¿Por qué no se van a
vivir a Cuba? Eso digo yo. ¡Qué tal les va ha quedar el moño si lo critican a
Fidel! O dicen que no respeta los derechos humanos. Risa me da. Derechos humanos,
¡Déjense de joder con boludeces!. Una guerra, eso fue. ¡Una guerra! Y los que
ganamos, resulta que después perdimos.
Pero ya se acabará, pronto se acabará, yo te aseguro que pronto se
acabará. Y entonces unos cuantos me las van a pagar, entonces unos cuantos se
la van a ver conmigo. Vamos a ver quien se las banca como un hombre. Si, por el 72 o 73 lo volví a encontrar en
ésa reunión, no me preguntés donde fue porque no me acuerdo, fuimos a la
Capital pero no me acuerdo donde. Todos
en los camiones y los colectivos de la municipalidad. Se portaban como unos
duques en el sindicato, en ése aspecto, no hay nada que decir. No se como fue
la cosa que algunos estudiantes, de los nuestros ¡Ojo! Tipos bárbaros. Que no
querían que cuando regresara el viejo, los bolches le coparan la parada. De los
nuestros. Daba gusto escucharlos. Patriotas los tipos. Así fue como me pareció verlo a la iguana
Serra abrazado a una bandera de la CNU de
Lomas. Me acerqué. No es fácil acercarse con todos los monos amontonados en la
caja de un camión volcador. Pero a mí me respetaban todos los muchachos porque
sabían que yo soy de pocas pulgas. Y en
cuanto no me dejaran pasar los fajaba. Pensándolo bien tiene que haber sido en
el 73. Después nos empezamos a ver más seguido. Los dos fuimos de los
voluntarios que nos fuimos con el chancho Guzmán. Para lo de después. Se trabajaba lindo, ese grupo, no era para
señoritas. Con la Iguana Serra primero marcamos a algunos. Después alguien nos
entregó, zafamos de milagro. Después el chancho Guzmán nos presentó a un
capitán que le decían el tigre, le gustamos al tipo, nos mandó con un grupo de
tareas, como le decían. Nosotros nos decíamos el escuadrón mandrake por que
hacíamos desaparecer todo. Ja. Mirá como es la vida. A uno de los que me quiso
hacer cagar. Yo mismo lo freí. ¡Zurdo hijo de puta! Uno lo hacía por el país para repeler la
agresión del terrorismo apátrida. Pero uno ganaba bien. Para que nos vamos a
engañar. Uno pudo hacer una moneda en aquella época. En los operativos siempre
el capitán hacía retirar algo de las casas de los troskos éstos. Tipo bárbaro. Nos decía que saquemos lo que
necesitáramos. Gran tipo el tigre. Me
acuerdo de ésas épocas y me da entre bronca y como una nostalgia. ¡Ya nadie
tiene amor a la patria! Pero ya vas a ver , que la cosa va ha cambiar, prontito
se va ha dar vuelta la tortilla. En el
país hace falta un liderazgo fuerte. ¡qué ponga orden carajo! Ya falta poco.
Como que me llamo el oso Videla. No tenemos que bajar la guardia, los cosos
ésos están por todos lados y me parece que algo se puede haber filtrado.
Al estúpido ése que me pegó ya lo voy a
encontrar, yo mismo le voy a enseñar a no meterse donde lo tapa el agua. ¡Hijo
de puta!
viernes, 8 de junio de 2012
Gallito Ciego. Novela. Vigésima Sexta Entrada
-Le puedo asegurar que lo
intentan. Y existe gente que da testimonio de que probablemente lo han
logrado.-Bebí un sorbo de coñac que me quemó la garganta y pensé en aquella
idea que con ribetes de obsesión me
rondaba la mente. Pensé en aquello de trocar el tiempo sucesivo en tiempos
paralelos, como vías de tren de juguete.
-Probablemente existan
explicaciones para esos ritos en las culturas subsaharianas, que han sido
importadas por los negros y se han arraigado en muchos de nuestros países
latinoamericanos-habló como para sí interrumpiendo mis pensamientos.-en esos
sistemas mágico religiosos existen algunos conceptos como:
-La
creencia en la sobrevivencia real de los antepasados.
-La
cosificación de los poderes sobrenaturales a través de fetiches.
-La
posibilidad de que ciertas acciones o palabras puedan producir efectos
determinados sin que medien relaciones causales objetivamente necesarias o
reales (magia).Dentro de esta magia se descubren dos principios o leyes
fundamentales: Lo semejante produce lo semejante, o que los efectos semejan a
sus causas (Ley de Semejanza) y las cosas que una vez estuvieron en contacto
interactúan recíprocamente a distancia aún, después de haber sido cortado todo
contacto físico (Ley de Contagio). Este probablemente sea un mejor camino para interpretar lo que usted
plantea. No las culturas orientales. Y no deje de tener en cuenta el propio concepto cristiano de la
resurrección. Muy nuestro, amigo Miralles. Muy nuestro. No obstante lo que
usted refiere es más relacionado con la brujería palera , la conocida regla
conga o palo monte. Que creen que se puede descender al mundo de los muertos y
viceversa a través de ritos que son secretos. Yo no soy un especialista en la
materia pero creo que por ése lado se debería investigar. En ésos círculos
amigo probablemente encuentre alguna respuesta.
-¿Usted
se refiere al vudú, a ése tipo de ritos?
-Parecidos.
De origen africano. Aunque hoy por hoy ésos grupos no siempre tienen una
cualidad de pureza. En oportunidades mezclan este tipo de creencias a las que me refiero con otras.
Muchos mezclan esto con la mitología egipcia. El libro de los muertos y todo
ésa tradición. Sin tener en cuenta los
charlatanes.
Me
quedé un momento en silencio pensando lo que el profesor Angelino me estaba
diciendo. Pensé en Videla caído en la vereda, en su sangre ensuciando mis
manos. Cambié de tema recordando algunos amigos en común y luego me despedí del
viejo con un fuerte apretón de manos. Esta vez sus ojos de color amarillento
indefinido me miraron de una forma que me pareció divertida. O quizás burlona.
Mientras caminaba por la vereda me llevé instintivamente la mano al bulto que
llevaba bajo el pulóver. Era una compañía inanimada. Un fetiche que me daba
seguridad. Un talismán. Me dirigí al estacionamiento, faltaban pocos minutos
para las once de la noche. Instintivamente miré hacia todos lados, como si
entre la muchedumbre que se movía por ésas veredas céntricas yo fuera capaz de
distinguir a un enemigo. Convencido de
la inutilidad de mi precaución, volví a realizar el mismo escrutinio
nuevamente. Luego entré por el amplio ingreso del estacionamiento. Una rubia evidentemente
artificial, escuchaba su reproductor de MP 3 en la pecera de la administración,
golpee el vidrio pero no dio señales de haberme advertido, por lo que tuve que
moverme como un monigote con los brazos abiertos, con lo que logré llamar su
atención. Masticando chicle me sonrió.
Se retiró uno de los pequeños auriculares y me preguntó el número de
patente. Manipuló el ordenador y me
alcanzó el ticket a la vez que realizaba
un gesto con su mano a otro muchacho, que yo a pesar de mi paranoia no había
advertido. Este se encontraba sentado en un banco de madera y hierro, como los que se encuentran en las plazas. Tenía un
pequeño monitor a su izquierda sostenido por una ménsula empotrada en la pared.
Miró el mismo en forma automática, luego me miró a mí con ojos
inexpresivos perdiéndose rampa
arriba. La muchacha nuevamente se
encontraba sumergida en su mundo privado, olvidándose aparentemente de mi
presencia. Me alejé unos metros del
recinto vidriado, coloqué mi espalda contra una ancha columna de hormigón de
sección rectangular ejercitando mi calidad de escrutador, alternativamente
observaba la calle, las rampas y a la muchacha que movía su cabeza en forma
rítmica. Era por lo menos improbable que alguien me atacara desde el interior
de la columna. Me percaté que lo que sentía tenía un nombre especifico :
miedo. El ruido del auto al frenar a mi
derecha me sobresaltó, di un brinco y me llevé la mano a la cacha de la pistola. El muchacho vestido
con un vaquero y una remera blanca percudida estirada me miró esta vez con
cierta sorpresa en sus ojos. Me dirigí al coche tratando de recomponer mi
aplomo. Salí lentamente y me incorporé al tránsito.
martes, 15 de mayo de 2012
Gallito Ciego Novela Vigésimo Quinta Entrada
Gallito Ciego. Vigésimo Quinta Entrada
Sostenía su pipa en la mano
derecha. Tenía los ojos semicerrados como mirando contra el sol. El aroma a chocolate invadía todo el pequeño
estudio. Realizó un movimiento de
negación con su cabeza y su larga cabellera gris se meció sobre su camisa a
cuadros.
-Mire Ezequiel-me dijo-yo no
creo que las cosas sean así como usted sospecha, para nada. He leído mucho
sobre la reencarnación. Sobre el concepto hinduista de la reencarnación .Y lo
que usted relata, dando por sentado que lo que usted entendió es la verdadera
intención de éstos individuos. No, no.
No debemos tratar de interpretarlo por ése lado. Los hinduistas tienen una
concepción bastante compleja. Creen en una rueda de reencarnaciones. Le diría,
Ezequiel, prácticamente basadas en conceptos morales. Pero absolutamente
dependientes de la persona, del ente, o alma individual. A la que llaman Atman. Por naturaleza imperfecta, que puede
empeorarse por las acciones que realiza o mejorarse hasta llegar a un estado de
perfección en el cual se funde con el alma universal o Brahmán. Dependiendo de
las acciones buenas o malas, el alma se reencarna en una existencia superior,
intermedia o inferior. Esto incluye desde estados de existencia celestiales a
infernales, siendo la vida humana un estado intermedio. Este incesante proceso
recibe el nombre de samsâra o vagabundeo. Y su posición en el ciclo siguiente depende
de lo que los hinduistas llaman karma que es el conjunto de acciones realizadas en la vida y que pueden tener un
saldo, por así decirlo positivo o
negativo.-se detuvo un momento para vaciar su pipa en un cenicero de madera
torneada que se encontraba junto al sillón. Realizó esta tarea con una
meticulosidad digna de un neurocirujano. Luego se puso de pie con dificultad,
apoyando ambas manos en los apoyabrazos del sillón de paño rosado. Caminó
lentamente hasta los anaqueles de la biblioteca que tenía a su espalda y
poniéndose casi en punta de pie extrajo un tomo de color habano. Lo abrió y se
quedó hojeándolo de forma distraída como si se encontrara en la más absoluta soledad. Me removí
incomodo en mi sillón. Ignoró mi gesto. Después de un rato dejó el libro sobre
la pequeña mesa redonda que nos separaba y se dirigió hacia el cristalero de la
pared lateral extrajo dos copas y vertió coñac Reserva San Juan. Me acercó la
copa y permaneció pensativo.
-¿Usted profesor cree que lo
que yo le conté es un desvarió?-le pregunté con
dificultad debido a que mi boca se había secado de tal forma que sentía la
lengua pastosa y la garganta me ardía.
-No le voy a negar, que es una de la posibilidades que evalúo.-me
contestó mirando la bebida que movía en forma circular con vaivenes de su mano-
no obstante me puse a leer ése libro que usted ve ahí.¿Sabe por qué lo hice?
Pensé que quizás lo que usted me planteaba se parecía más a un fenómeno que se
llama palingenesia, que es distinto del de trasmigración de los hinduistas, es
un concepto propio del budismo y quizás también de la cultura Shinto japonesa.
La dificultad radica en que ellos niegan la existencia de un alma trascendente,
hasta tal punto que la tradición zen del budismo prácticamente ignora la
reencarnación, no así la tibetana que cree que un nuevo ser puede nacer a
consecuencia de los actos de otro ser anterior, pero distinto. Es muy complejo
para nosotros desde nuestra formación occidental poder asimilar éstos
conceptos. Por eso vuelvo a decirle que no, que no es desde éste punto de vista
que podremos entender lo que ése grupo al que usted se refiere intenta
jueves, 12 de abril de 2012
Gallito Ciego. Novela. Vigésimo Cuarta Entrada
Gallito Ciego. Vigésimo Cuarta Entrada
Su proteiformidad no era solo
retórica. Sus actitudes, toda ella era cambiante. Como si un prestidigitador ejerciera sobre ella sus habilidades. Así era la negra. Lo supe poco después de
conocerla, pasado el deslumbramiento inicial.
Comencé a respetarla, a veces casi a temerle.
Ella era como un antivirus. Una
especie de linfocito antropoide. La
última vez que la vi, por aquellos años, fue antes de lo de la balsa a cadena
en Villa Urquiza, ella coordinó no sé que. Me enteré al tiempo. Porque no todos
sabíamos todo. No era seguro ni conveniente. Además eso lo hicieron los de la U
1 de Santa Fe. Lo supe después.
Yo para ésa fecha estaba en
Corrientes desde hacía ya unos días.
Fue cuando el antivirus, el
leucocito, detectó dos organismos patógenos: Serra y Videla. Seguí hacia el norte. De algún lado y
seguramente recordando nuestras noches de placer, ella me llamó a la casa de un
amigo y me dijo aquello: “La vida es como un vino, Horacio, nunca terminas de
saborearla, pero no te la bebas a fondo blanco.” Luego comenzó el hiato entre los dos. Y
también el interregno, ése de la sangre, las mazmorras, la arbitrariedad, la
tablita, el mundial, las urnas guardadas, Malvinas, un borracho diciendo que si
quieren venir que vengan. Y la recua de sublevados que asaltó el poder,
pavoneándose en los desfiles de los días patrios. Y vuelos de la muerte y
muerte y muerte y muerte. Trincheras congeladas y gangrena. Un país con
gangrena. Líderes que defeccionan.
Escondidos en alcantarillas. Traidores. Espantajos exiliados que guían al
matadero. Gusanos de uniforme y de civil. El fusilado de la Higuera por esos años se
debe haber revuelto en su tumba de Vallegrande. Él tampoco tiene manos.
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