Gallito Ciego. Novela, Décimo Octava Entrada
Me vestí con mi ambo gris claro y me puse una camisa rosa pálido, abrí la puerta y salí al palier no sin antes haber mirado por el visor, llamé el ascensor y descendí a la cochera. Miré inútilmente hacia todos lados, en realidad cualquier persona normal podía ocultarse tras cualquier auto o columna mucho más aún dementes como los que yo me había agenciado de enemigos. Pero yo sin saberlo estaba, volviéndome un paranoico. El timbre de la cerradura me sobresaltó, abrí rápidamente la puerta buscando la ilusoria seguridad del interior y me senté frente al volante. Puse en marcha el coche y coloqué la marcha atrás, retrocedí de forma bastante brusca y toqué el paragolpes de un Seat Córdoba cuya bocina empezó a sonar en forma intermitente me dirigí hacia la salida mientras dejaba el sonoro arbolito de navidad atrás, la rampa estaba baja así que no tuve que esperar mucho tiempo. En instantes estaba en la calle, el bullicio del tránsito ocultó definitivamente el escándalo de la cochera. Al llegar a la redacción saludé al portero, quien me contestó con un gesto automático de la mano enfrascado como estaba en leer un ejemplar de Paparazzi, según recuerdo con una exuberante bailarina casi sin ropa en la tapa. Ingresé en la recepción donde Margarita con su cara de nada me alcanzó un sobre y me informó que el Dr. Riedel Liand quería verme en cuanto llegara. Mi olfato me indicó que esto podía tener mal olor. Él pocas veces se mezclaba con el populacho, solo se reunía con integrantes de lo más granado de la empresa, con la élite de la revista. Subí la escalera hasta el primer piso y tomé por el pasillo hacia la izquierda
martes, 31 de enero de 2012
martes, 24 de enero de 2012
Gallito Ciego. Novela. Décimo Séptima Entrada
Gallito Ciego. Décimo Séptima Entrada
Ahora comenzaba a entender algunas cosas y a preocuparme seriamente por otras.
Dormí poco y mal. Las ideas giraban en mi cabeza a una velocidad de vértigo.
Me asustó el estar asustado de cosas tan disparatadas, y no de la locura de ésos seres reales que estaban dispuestos a todo en pos de su delirio.
Volví pensar en aquella idea del resurrecto pasivo, el nuevo Lázaro. Lázaro Serra. El rostro que había visto en las fotos del expediente se me aparecía, formándose de sombras, como si éstas adquirieran una propiedad plástica, una gelatina maleable en la que caben todas las formas y emergen las temidas o las deseadas. El impulso del artista, el temor o el deseo. En mi caso un artista inconsciente oculto en mi interior que me mostraba su obra horrorosa repetida una y otra vez como un eco de su miedo. Miedo a que le arrancaran realmente las entrañas y se las comieran. Y tras aquel rostro cadavérico, pareció, en unas pinceladas de noche, esbozarse la pérfida figura de aquel que se hacía llamar Daniel.
Temprano volví a mi taza de café, impulsivamente llamé a Ortega, la voz somnolienta de la rubia treintañera me recordó que mi amigo estaba ausente y me colgó con lo que yo imaginé una mueca de fastidio por haberla despertado tan temprano. Tomé el café de un sorbo, comí dos o tres Serranitas, abrí mi note book y le envié un mensaje electrónico a Ortega. Seria muy difícil que lo leyera, pero uno nunca pierde las esperanzas. Me sentí asediado.
Cuando me vi en el espejo del baño mi aspecto me impacto, ojeroso, mal afeitado con una excoriación en mi arco superciliar izquierdo, disimulada por el extremo externo de la ceja. Después de todo el oso había estado más cerca de dormirme de un zarpazo, de lo que pensé. Me di rápido un baño tibio, que pareció devolverme en parte la energía, me afeité casi con obsesivo cuidado,
martes, 17 de enero de 2012
Gallito Ciego. Novela. Décimo Sexta Entrada
Gallito Ciego. Décimo Sexta Entrada
-Me debés una explicación hijo de puta- le dije casi sin levantar la voz.
-¡No metás el hocico en la mierda, pendejo!-me dijo mientras se revolvía contra la pared
-¿Qué sabés vos de la Hermandad del Gallo Azul?-Le dije mientras levantaba aún más su brazo hacia arriba y le incrustaba el cañón en la papada. El grandote gruñó como un mono, intentó darse vuelta, pero le di una patada en el tobillo derecho que casi lo hizo caer para el costado-¿Qué sabés Videla? Contame o te quemo-me sorprendió escuchar mi voz decir aquellas palabras. El otro comenzó a resoplar como un toro atrapado por un lazo. Noté en mi mano la baba que le caía de la boca.
-Pendejo sorete, matame si querés, que no te voy a decir nada.
-¿Y Serra que tenía que ver con ustedes?-pregunté mientras le doblaba aún más su brazo contra la espalda y lo empujaba hasta que su rostro quedaba deformado contra la pared. Corrí la Ballester Molina y se la incrusté en la oreja. Videla se golpeó la frente contra la pared.
-La Hermandad te queda grande, ¡imbécil!.-gruñó el cuidador del cementerio- cuando se enteren que andás husmeando en éste asunto, te van a dejar como a Serra no tengas dudas.¡Idiota!
Elevé levemente el arma y lo golpee con el cañón en el parietal que sonó como una sandía madura. Videla se encorvó levemente mientras su sangre corría tibia sobre su oreja. Volví a preguntarle sobre el asunto. Ahora permanecía más rígido como si realmente hubiera comenzado a asustarse.
Te van a matar- me dijo con una voz que bruscamente parecía serena sin los resoplidos taurinos de momentos antes.-Nosotros queremos asistir a la resurrección del Hermano Daniel que es el que nos traerá nuevamente al Líder. Estamos cerca , muy cerca, gusano. Cuando el Hermano Daniel regrese te arrancará las tripas con sus propias manos y se las comerá antes que des el último suspiro. – Rió con una risa histérica, casi una carcajada y súbitamente intentó pisarme, retorcí nuevamente su brazo y lo golpee en la cabeza casi con furia. El hombre se derrumbó en forma vertical como si lo hubieran talado. Di un paso hacia atrás y con la escasa luz de alumbrado público pude ver el charco de sangre que se agrandaba bajo su cabeza como una mancha de aceite en el agua. Miré hacia ambas esquinas, guardé la pistola en el bolsillo, no sin antes limpiarla en la campera de mi victima. Subí al auto que permanecía con la puerta abierta y lentamente me dirigí al Este, antes de llegar a la avenida me iluminaron las luces titilantes de un patrullero que se paró a mi derecha, cuando el semáforo se puso en verde lentamente doble a la izquierda y emprendí el camino de regreso.
sábado, 7 de enero de 2012
Gallito Ciego. Novela. Décimo Quinta Entrada
Gallito Ciego. Décimo Quinta Entrada
El silencio era interrumpido por los agudos sonidos de los frenos de los colectivos o por los graves de los motores, las luces de los semáforos sonámbulas iluminaban ésa calle dormida. Un remolino de cuerpos en movimiento se dibujaron en la vidriera, por un momento solo pude ver las sillas vacías y las botellas sobre la mesa. Luego poco a poco fueron saliendo, todos, menos él. Maldije, quizás por un momento me había quedado dormido y el muy maldito se me había escabullido.
Golpee el volante con un gesto de impotencia y fue como si hubiera pulsado un botón mágico, la figura de Videla se recortó contra la puerta, permaneció un momento charlando amigablemente con el dueño que se disponía a cerrar el local y luego se marchó a paso lento rumbo al norte. Cuando se perdió tras la ochava puse el motor en marcha y doble a la izquierda. Rodee dos manzanas y como si lo hubiera hecho siempre llegué a la esquina en el momento que él caminaba a mitad de cuadra a paso cansino. Aceleré me arrimé al cordón detuve bruscamente el auto y me dirigí a su encuentro. La estatura de Videla me pareció mayor aún en la oscuridad de esa calle desierta del conurbano bonaerense. Me paré frente a él y le dije que me debía algunas explicaciones, me miró sorprendido y se rió. Alcancé a darme cuenta en el preciso momento que luego de agachar la cara sonriente, me arrojó un furibundo gancho de derecha que de haberme pegado de lleno en la cabeza me la hubiera arrancado. Pero ésta vez la diferencia de estatura y de edad me jugó a favor. Me agaché y él se desequilibró parcialmente bamboleándose hacia su izquierda. Aproveché el momento, extraje la pistola y se la coloqué bajo el mentón. Lo tomé bruscamente del brazo izquierdo y lo llevé contra la pared del baldío.
viernes, 23 de diciembre de 2011
Gallito Ciego . Décima Cuarta Entrada
Gallito Ciego. Esperando al oso
Mi mano en el bolsillo percibió la textura rugosa. Era conciente que lo que estaba por hacer era un salto al abismo. Una bisagra capaz de doblar mi vida ordenada, la rutinaria maquinaria laboral, horizontal, llana, en una empinada ladera de incertidumbres. Ángulo diedro. Aferré con fuerza el volante, incliné levemente la cabeza a la izquierda y observé el grupo de hombres que bebía junto a la vidriera. Miré por el espejo retrovisor la calle estaba casi desierta a ésa hora, algunos transeúntes caminaban lentamente, como hormigas extraviadas de la columna de obreras. Los vehículos pasaban las bocacalles casi desiertas, iluminando con sus faros el pavimento mojado con aguas negras, donde de tanto en tanto ráfagas de un viento caprichoso hacían volar la mugre, dispersa en la calzada. Nuevamente aferré aquella forma en mi bolsillo, como un niño aferra la mano de su padre buscando seguridad. Uno de ellos se puso de pie, lo vi con claridad mi pulso se aceleró por un momento, pero nadie apareció por la puerta metálica, momentos después la figura retornó a su ubicación original. Por un momento dudé de mis propósitos, y tuve el impulso de marcharme. Quizás hubiera sido lo más sabio. O lo más prudente. Los faros de un coche iluminaron el interior del mío, me achiqué cuanto pude en el asiento, como un homicida en espera de su presa. Desee en ése momento estar sentado en mi sillón mirando la televisión, y no en ése lugar. Acechando. El auto pasó lento, exhalando la música de los redondos, giró en la esquina y los faros rojos se perdieron tras la ochava. Ji,Ji,Ji se fue apagando lentamente como un tren que se aleja. Otro movimiento en la mesa, dos figuras aparecen en la salida se saludan y se alejan. Falsa alarma. Los párpados comenzaban a pesarme a pesar de la adrenalina que corría por mi cuerpo. Reflexioné sobre lo oportuno de haberlo seguido hasta allí y no haberlo interceptado no bien salió de su casa, pero era temprano y a ésa hora el movimiento era más intenso en la zona. Ahora había cesado casi por completo. Me convencí de lo acertado de mi decisión. En realidad traté de convencerme. No estaba seguro si esto que estaba haciendo era lo más apropiado. Pero nunca antes había estado en ésta circunstancia y por lo que había visto en el cine, las cosas tenían que ser así.
martes, 13 de diciembre de 2011
Gallito Ciego. Décimo Tercera Entrada.
Gallito Ciego. Décimo Tercera Entrada
-¿Rara? Podría ser un poco más específica.- le pregunté casi hablándole en su oído. Por lo que su perfume era muy evidente para mí.
- Rara, no se que otra palabra emplear, yo no los conocí íntimamente. Pero como toda secta o como quiera usted denominarla, son sectores oscuros de eso que yo denomino como religiosidad. Buscan caminos alternativos, a los de la mayoría de la gente. Serra se mezcló con ellos, es todo lo que sé. Sus ritos son secretos, yo no los conozco, se que sintetizan creencias cristianas y africanas. Creen posibles la reencarnación, el regreso de la muerte y todas esas patrañas.
-¿Patrañas? Y usted afirma haberlo visto caminando 3 días después de muerto.-dije deseando desencadenar otro aluvión oral como el de días atrás. Pero no ocurrió al contrario.
- Si lo ví, no se si después de muerto, pero yo lo ví. Usted créalo o no.-el auto se detuvo en la esquina del Hospital, la secretaria abrió la puerta, tomé a la mujer del brazo y le pregunté, conciente que de lo contrario nunca lo podría hacer. O por lo menos no en ésta oportunidad. Y quien sabe si tendría otra. Evidentemente entre los dos había cada vez menos simpatía o menos “química” como se dice vulgarmente.
-Usted conoció algún individuo Videla, que se relacionara con ésa gente
-Videla ¿Cómo el genocida?- dijo soltándose de mi mano y descendiendo, cerró la puerta detrás de sí.
Noté la mirada del taxista que me observaba serio, evidentemente no le interesaba casualmente nuestra discusión, sino algo mucho más cotidiano e intrascendente estaba esperando cobrar. Le indiqué que me llevara de nuevo a Tucumán y Uruguay. Me recosté contra el respaldo del asiento trasero y permanecí quieto y callado todo el trayecto. Maldije en silencio cuando tuve que pagar el viaje y me dirigí a recoger mi auto.
Al llegar a mi departamento llamé por teléfono a Ortega pero éste estaría ausente un par de semanas según me informó la voz de la que me imaginé una rubia, delgada, pisando los treinta como le gustaban a él. Estuve tentado de ofrecerme a mitigar su soledad, pero conociendo a mi amigo, desistí. Tendría que arreglármelas sin su ayuda.
viernes, 2 de diciembre de 2011
Gallito Ciego. Décimo Segunda Entrada.
Gallito Ciego. Décimo segunda entrada, reencuentro
Decidí volver a ver a la mujer aquella de calle Tucumán, la que se había cruzado con el tipo (a ésta altura lo daba como una realidad) estacioné mi auto en el mismo garaje y me dirigí al viejo edificio de madera y bronces descuidados.
Estaría a unos veinte metros cuando la ví salir acompañada de su secretaria (debía ser su secretaria, se me ocurrió) Corrí para impedir que subiera al taxi que la esperaba junto al cordón de la vereda. La llamé con la respiración entrecortada por el esfuerzo, me hace falta practicar más deporte, me miró inquisitiva primero y divertida después.
-¡Pero qué sorpresa! Mi amigo el periodista, que todo lo sabe-me dijo con cierto sarcasmo.
-Si, soy yo, disculpe que la moleste pero quisiera hacerle unas preguntas. Por favor, si es posible.
-Ya casi no lo esperaba, pensé que no volvería, ahora tengo que ir a realizar una diligencia al Hospital Durand, si quiere conversamos en el viaje, de lo contrario tendrá que volver otro día.-la miré un poco sorprendido, me di cuenta de su decisión cuando su “secretaria” abrió la puerta del coche haciendo caso omiso a mi presencia, las dos ingresaron y tuve que correr para abrir la puerta del lado de la calle, la mujer me miró y se sonrió apretada contra mi hombro.
-Usted dirá no hay mucho tráfico, no creo que tengamos mucho tiempo.-me dijo entre enigmática y divertida.
-Usted me dijo que conoció a Serra en Lomas de Zamora ¿no es así?
-Eso le dije, pero usted ignoró ese dato.
-Además de cómo docente de sus hijos lo conoció en alguna otra actividad-le pregunté. La mujer se puso rígida lo noté por nuestro contacto corporal
-No le entiendo, ¿a qué actividades se refiere? Si usted se refiere a alguna relación personal, mi respuesta es no.
- Me refiero a si tenía alguna actividad social o política de la que usted pudiera tener conocimiento. En aquella época por supuesto.- pregunté, la mujer guardó silencio un instante, quizás una cuadra, su secretaria miraba por la ventanilla en una actitud aparentemente distante de nuestra conversación.
-Si, recuerdo que por algún tiempo trabajó en un salón parroquial, o un comedor infantil, no recuerdo bien o ambas cosas. Yo colaboré mucho tiempo con la obra del padre Eleazar Hernández en ésa época, un gran tipo, y Serra también. No se que tipo de actividades desarrollaba. La verdad, luego desapareció. Aquellos no eran años buenos, eran años oscuros. – dijo como para sí.
-¿No supo usted nada sobre una Hermandad del Gallo Azul?- pregunté. La mujer me miró, nuevamente tensa. Y luego esbozó una sonrisa, pero casi penosa
-Veo que a usted, le gusta revolver el estiércol- me dijo y agregó- yo le hablé de la religiosidad y de la ritualidad, pero usted tampoco le dio importancia a mis palabras-el coche dejaba avenida Córdoba y tomaba Estado de Israel hacia el Parque Centenario- Se hablaba mucho de ésa gente, en aquella época, ¡gente rara!
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